Una vez más, fallo en mi calendario autoimpuesto. Pido disculpas, son cosas que pasan, y continuarán pasando. pero prometo esforzarme más. Mientras tanto, aquí os dejo con un texto basado en el documental "El juego de la muerte". Este documental trata de una repetición de los experimentos de obediencia a la autoridad que realizó el psicólogo Milgram, después de la segunda guerra mundial. Este experimento me hizo pensar, en qué habría hecho yo. A quien le interese el estudio de la mente humana, puede investigar o preguntar sobre ello.
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Las luces de los focos me deslumbraron al acercarme a la
entrada. En mis oídos resonaban el clamor del público y el
martilleo de mi corazón. Saqué un bote de tranquilizantes que
llevaba en el bolsillo, y me metí un par en la boca. Un encargado
con una tablilla entre las manos y un pinganillo en la oreja se
acercó y me gritó algo, imposible escucharlo. Me pareció leer en
sus labios "10 segundos, prepárese". El volumen de la
música aumentó, y los espectadores rugieron con más intensidad.
Una mano me empujó, obligándome a entrar. Me sentía como un
gladiador atravesando las puertas del coliseo.
Parpadeé varias veces, para adaptarme a la luz
deslumbrante del plató. Caminé torpemente hacia mi posición,
saludando alrededor. La gente reaccionaba a cada uno de mis gestos,
allí era un Dios. El pánico inicial comenzó a pasarse, y pude
disfrutar del momento. Hice reverencias a todos lados, y la gente
reía a carcajadas. La presentadora me empujó disimuladamente hasta
mi sitio, y me sentó ante el panel. Por primera vez, vi para qué
estaba ahí. Una larga mesa giratoria me rodeaba, llena de botones
para castigar a otro hombre. Me pasaron un taco de tarjetas, con
preguntas y respuestas. Y el juego comenzó.
Todas las cámaras me rodeaban, todos me miraban con
espectación. Absorbían mis palabras con el ansia con la que un
drogadicto recibe su dosis. Yo mismo me sentí en éxtasis. Estaba
más brillante que nunca. Era ingenioso, hacía bromas, y el público
respondía como una extensión de mí. Era el mejor día de mi vida.
Sabía que ese programa nunca se llegaría a retransmitir, pero me
daba igual. Era mi primera vez en el mundo de la televisión, y me
sentía una estrella.
El concurso fue avanzando. Yo tenía que hacer preguntas
a un hombre que se encontraba encerrado en un pequeño habitáculo.
Si fallaba, mi deber era pulsar una palanca para que recibiera una
descarga, y cada vez mayor. Si él conseguía llegar hasta el final,
ganaría un premio de un millón de euros. Aunque como este era solo
un programa de ensayo, no recibiría nada. Pero todo era tan real, en
aquel momento, que todo eso se olvidaba. Era yo ante las cámaras,
ante mis fans. Y me encantaba.
Sin embargo, llegó un momento límite. Mi compañero
seguía fallando preguntas, y las descargas iban subiendo de
intensidad. Y entonces comenzaron los gritos. Dijo que empezaba a
doler, que se rendía, que necesitaba salir. Al principio pensé que
solo quería llamar la atención, robarme protagonismo. Así que le
devolví la broma, y continué con las preguntas. Pero luego vi que
era real. Asustado, miré lo que había hecho. Ya había pulsado 15
palancas, y al otro lado de la mesa aún quedaban más. Miré a la
presentadora, un rostro impasible, apremiándome a continuar. Yo
deseaba hacerlo. ¿Por qué debía desperdiciar mi mayor momento, por
su debilidad? Presioné una palanca más. Ignoré sus gritos, y
continué el juego.
Dejó de responder a las preguntas. Yo trataba de
chivarle la respuesta, remarcando al leer la alternativa correcta.
Pero parecía no darse cuenta. Y así seguimos, un rato más. Un
sudor frío cubría mi cuerpo. Ojalá no lo captasen las cámaras.
Deseaba continuar, complacer a msi seguidores. A mi alrededor, las
luces parecían haberse vuelto tétricas, y los gritos de júbilo de
la gente se mezclaban con los alaridos de dolor e ira del
concursante, en una sinfonía sádica. Pero yo ya no podía parar.
Traté de aislarme de todo, solo leer preguntas y accionar botones.
Llegó la última palanca. El panel giró con un ruido
de engranajes para situarla ante mí. Tragué saliva. No sabía si el
jugador seguía chillando o no, pero su voz continuaba resonando en
mi cabeza. Miré a la presentadora, asustado. Ella me apremió a
seguir, pero no me sentía capaz. Y entonces hizo la pregunta
terrible.
Se giró hacia las gradas, exclamando: "¿Qué
opina el público?".
El plató pareció temblar bajo mis pies. Toda la gente
rugió, coreando para que continuase. Ya no podía distinguir sus
rostros. Los focos me deslumbraban, solo eran siluetas oscuras,
sombras aullantes. Y eran mi sombra. Mis fans, anhelaban verme
actuar. No podía fallarles. Así que me incliné sobre el tablero, y
con ambas manos, pulsé para dar la descarga de 450 voltios.
El concurso terminó, todos se despidieron. Yo no podía
hablar, solo agité la mano con una sonrisa falsa. Sacaron al
concursante de la sala, pero no fui capaz de mirarle. Todos salieron,
el plató se vació, y se apagaron las luces. Me quedé solo, ante el
inmenso panel de colores. Testigo de mis actos, prueba de mi
crueldad. Me miré las manos, no paraban de temblar.
Saqué el bote de tranquilizantes de mi bolsillo. Lo
hice girar entre mis manos unos segundos, pensativo. Me levanté,
miré a las gradas vacías. Comencé a dar vueltas sobre mí mismo,
en medio de la oscuridad. Ya no me sentía querido, me habían
abandonado. Me utilizaron, se divirtieron a mi costa, y luego me
dejaron con las cicatrices de mi alma aún supurantes. Había tenido
mi minuto de gloria, y ahora me quedaba una vida de arrepentimiento.
Abrí el bote de pastillas, y las tragué todas.

