lunes, 21 de octubre de 2013

La zona extrema.

  Una vez más, fallo en mi calendario autoimpuesto. Pido disculpas, son cosas que pasan, y continuarán pasando. pero prometo esforzarme más. Mientras tanto, aquí os dejo con un texto basado en el documental "El juego de la muerte". Este documental trata de una repetición de los experimentos de obediencia a la autoridad que realizó el psicólogo Milgram, después de la segunda guerra mundial. Este experimento me hizo pensar, en qué habría hecho yo. A quien le interese el estudio de la mente humana, puede investigar o preguntar sobre ello.
Correo electrónico: olasdetinta@gmail.com
Twitter: @Olasdetinta

Las luces de los focos me deslumbraron al acercarme a la entrada. En mis oídos resonaban el clamor del público y el martilleo de mi corazón. Saqué un bote de tranquilizantes que llevaba en el bolsillo, y me metí un par en la boca. Un encargado con una tablilla entre las manos y un pinganillo en la oreja se acercó y me gritó algo, imposible escucharlo. Me pareció leer en sus labios "10 segundos, prepárese". El volumen de la música aumentó, y los espectadores rugieron con más intensidad. Una mano me empujó, obligándome a entrar. Me sentía como un gladiador atravesando las puertas del coliseo.
Parpadeé varias veces, para adaptarme a la luz deslumbrante del plató. Caminé torpemente hacia mi posición, saludando alrededor. La gente reaccionaba a cada uno de mis gestos, allí era un Dios. El pánico inicial comenzó a pasarse, y pude disfrutar del momento. Hice reverencias a todos lados, y la gente reía a carcajadas. La presentadora me empujó disimuladamente hasta mi sitio, y me sentó ante el panel. Por primera vez, vi para qué estaba ahí. Una larga mesa giratoria me rodeaba, llena de botones para castigar a otro hombre. Me pasaron un taco de tarjetas, con preguntas y respuestas. Y el juego comenzó.
Todas las cámaras me rodeaban, todos me miraban con espectación. Absorbían mis palabras con el ansia con la que un drogadicto recibe su dosis. Yo mismo me sentí en éxtasis. Estaba más brillante que nunca. Era ingenioso, hacía bromas, y el público respondía como una extensión de mí. Era el mejor día de mi vida. Sabía que ese programa nunca se llegaría a retransmitir, pero me daba igual. Era mi primera vez en el mundo de la televisión, y me sentía una estrella.
El concurso fue avanzando. Yo tenía que hacer preguntas a un hombre que se encontraba encerrado en un pequeño habitáculo. Si fallaba, mi deber era pulsar una palanca para que recibiera una descarga, y cada vez mayor. Si él conseguía llegar hasta el final, ganaría un premio de un millón de euros. Aunque como este era solo un programa de ensayo, no recibiría nada. Pero todo era tan real, en aquel momento, que todo eso se olvidaba. Era yo ante las cámaras, ante mis fans. Y me encantaba.
Sin embargo, llegó un momento límite. Mi compañero seguía fallando preguntas, y las descargas iban subiendo de intensidad. Y entonces comenzaron los gritos. Dijo que empezaba a doler, que se rendía, que necesitaba salir. Al principio pensé que solo quería llamar la atención, robarme protagonismo. Así que le devolví la broma, y continué con las preguntas. Pero luego vi que era real. Asustado, miré lo que había hecho. Ya había pulsado 15 palancas, y al otro lado de la mesa aún quedaban más. Miré a la presentadora, un rostro impasible, apremiándome a continuar. Yo deseaba hacerlo. ¿Por qué debía desperdiciar mi mayor momento, por su debilidad? Presioné una palanca más. Ignoré sus gritos, y continué el juego.
Dejó de responder a las preguntas. Yo trataba de chivarle la respuesta, remarcando al leer la alternativa correcta. Pero parecía no darse cuenta. Y así seguimos, un rato más. Un sudor frío cubría mi cuerpo. Ojalá no lo captasen las cámaras. Deseaba continuar, complacer a msi seguidores. A mi alrededor, las luces parecían haberse vuelto tétricas, y los gritos de júbilo de la gente se mezclaban con los alaridos de dolor e ira del concursante, en una sinfonía sádica. Pero yo ya no podía parar. Traté de aislarme de todo, solo leer preguntas y accionar botones.
Llegó la última palanca. El panel giró con un ruido de engranajes para situarla ante mí. Tragué saliva. No sabía si el jugador seguía chillando o no, pero su voz continuaba resonando en mi cabeza. Miré a la presentadora, asustado. Ella me apremió a seguir, pero no me sentía capaz. Y entonces hizo la pregunta terrible.
Se giró hacia las gradas, exclamando: "¿Qué opina el público?".
El plató pareció temblar bajo mis pies. Toda la gente rugió, coreando para que continuase. Ya no podía distinguir sus rostros. Los focos me deslumbraban, solo eran siluetas oscuras, sombras aullantes. Y eran mi sombra. Mis fans, anhelaban verme actuar. No podía fallarles. Así que me incliné sobre el tablero, y con ambas manos, pulsé para dar la descarga de 450 voltios.
El concurso terminó, todos se despidieron. Yo no podía hablar, solo agité la mano con una sonrisa falsa. Sacaron al concursante de la sala, pero no fui capaz de mirarle. Todos salieron, el plató se vació, y se apagaron las luces. Me quedé solo, ante el inmenso panel de colores. Testigo de mis actos, prueba de mi crueldad. Me miré las manos, no paraban de temblar.
Saqué el bote de tranquilizantes de mi bolsillo. Lo hice girar entre mis manos unos segundos, pensativo. Me levanté, miré a las gradas vacías. Comencé a dar vueltas sobre mí mismo, en medio de la oscuridad. Ya no me sentía querido, me habían abandonado. Me utilizaron, se divirtieron a mi costa, y luego me dejaron con las cicatrices de mi alma aún supurantes. Había tenido mi minuto de gloria, y ahora me quedaba una vida de arrepentimiento.
Abrí el bote de pastillas, y las tragué todas.


lunes, 30 de septiembre de 2013

Comission 3

La última comission que ofrecí ya la hice, pero me excedí a nivel técnico y no me es posible publicarla en el blog. De todas formas, la persona que la encargó la recibirá en breves. Así que abro una nueva comission, para el primero que comente. 
Para mis nuevos lectores, explicaré en qué consiste esto. La primera persona que comente en esta entrada, podrá pedirme que escriba un texto de lo que ella quiera. Puede darme un tema, un estilo, un personaje, una frase de inicio o de final, algo en lo que inspirarme... Lo que se le ocurra, y yo trataré de cumplir sus expectativas. Y con el nuevo funcionamiento del blog, no tendrá solo un texto, sino también un dibujo. Si quiere pedirlo por privado, tiene mi correo electrónico abajo.

Correo electrónico: olasdetinta@gmail.com
Twitter: @olasdetinta

domingo, 29 de septiembre de 2013

Voluntad divina

 Después de un tiempo, he regresado. Y no vengo solo. Se ciernen sobre este blog muchas novedades, para darle un poco más de vida. En primer lugar, para facilitar el seguimiento, me he unido a las redes sociales, para facilitar el seguimiento de los interesados. Y además, de ahora en adelante, colaboro con otra artista, que hará dibujos de los textos que yo escriba. Como dice el policía en la última imagen de Casablanca, "presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad". Y a partir de ahora intentaré seguir unos calendarios a la hora de publicar textos, para hacerlo más cómodo a mis lectores. Sin más dilación, aquí os dejo mi última creación, en honor al cumplimiento de los 12 años de una tragedia.
Correo electrónico: olasdetinta@gmail.com
Twitter: @Olasdetinta

La luz del amanecer atravesó la vidriera de la modesta iglesia, descubriendo al sacerdote arrodillado en los escalones del altar. Los primeros feligreses entraron en silencio, repartiéndose por los bancos astillados por los años. Continuó rezando a los pies de un Cristo crucificado, con la pintura descascarillada por la humedad, que ocupaba toda la pared frontal. Cuando el sol terminó de desperezarse, comenzó la misa. El sacerdote habló de espaldas a su rebaño, la mayor parte de la ceremonia en latín, aunque se vio obligado a cambiar al inglés en algunos puntos, para obtener respuesta.
Terminó la liturgia, y se dirigió a su despacho, en la parte de atrás del edificio. Tomó dos cafés solos y fumó un cigarrillo a modo de desayuno. Colgó su raída sotana en un perchero junto a la puerta, y se sentó tras el escritorio. La cafetera, la mesa, y el perchero eran todo el mobiliario, junto a un par de sillas por si recibía visita.
Un cajón chirrió al abrirse y de él extrajo una Santa Biblia. Al abrirla, algunas hojas rotas cayeron al suelo. Las recogió, las colocó en su lugar y comenzó a leer.
Era un hombre mayor, de pelo gris corto y lleno de trasquilones. Su rostro estaba surcado de arrugas, formando eternamente una expresión de disgusto. A este conjunto se sumaba una nariz aguileña y unos labios finos y duros, rodeados por la sombra de una barba de tres días. Sin embargo, hablaba y caminaba con firmeza, con la espalda erguida, ignorando el peso de los años. Era el portador de una misión divina, y no permitía que la edad fuera un obstáculo. Cuando dieron las 8 de la mañana, devolvió el libro a su lugar, se ajustó el alzacuellos y salió a pasear por las concurridas calles de Nueva York.
El cielo estaba gris un día más, por la contaminación de los ruidosos coches que tanto gustan a los negros y los hispanos de Queens y el Bronx. Echó a caminar hacia el centro de la ciudad, dando un rodeo para evitar el barrio judío. Detestaba cruzar fente a los supuestos templos, llenos de avariciosos de nariz torcida.
Hubo un tiempo en que aquel país era una colonia inglesa de hombres valientes, con la fuerza para alzarse en armas e independizarse. Ahora no era más que una sucia ramera abierta de piernas para cualquiera que quisiese pasar. Negros, hispanos, griegos, alemanes. Incluso pretendían reclamar partes de la ciudad como suyas. China Town, Little Italy. No les bastaba con corromper la metrópolis con su presencia, debían tomarla y volverla suya. Traían sus religiones paganas y sus costumbres animales. Todos se escondían bajo una bandera, se creían miembros de una misma nación. Giró una esquina y continuó caminando hacia el centro de Nueva York.
En el principio de los tiempos ya hubo un líder que cometió ese error. Nimrod reunió bajo su torre a todos los hombres, con un mismo idioma. Quiso alcanzar el cielo, unir ambos mundos, y a todas las razas. Y Dios bajó del cielo y destruyó la torre de Babel para sacar a los hombres de su error. Hizo que se dispersaran de nuevo por el mundo. Y ahora, con la llegada del segundo milenio, tropezaban de nuevo con la misma piedra.
Nada podía rivalizar con el poder del Señor. Pero los hombres no dejaban de intentarlo. El sacerdote rezaba cada día para que Cristo les mostrara su lugar en el mundo.
Había alcanzado el distrito financiero de la ciudad, cuando algo le hizo estremecerse. Un sudor frío resbalaba por su espalda. Temblando, miró al cielo.
Un ruido de motor comenzó a crecer, hasta hacerse insoportable. Las nubes se abrieron, y un avión descendió de las alturas.
Hubo un segundo de calma antes del caos. Sólo el avión alteraba la escena, el mundo se paró por un momento. Después, el horror.
Se estrelló contra las dos torres con un ruido ensordecedor. La gente chillaba espantada. Huían, grababan o simplemente observaban, maravillados por la tragedia.
El sacerdote no se movió, no gritó, ni siquiera abrió la boca. Sólo contempló la escena, congelado. Cuando apareció el segundo avión, comenzó a correr en silencio. A su edad, los pulmones y las piernas le ardían a cada paso, pero no bajó del ritmo. Las radios de los coches a su alrededor bramaban informes sobre atentados, terrorismo y musulmanes. Pudo ver el odio fundiéndose con el miedo en los ojos de los espectadores.
Llegó a su Iglesia y abrió el portón. El sol atravesaba todas las vidrieras, iluminando de pleno el rostro del Cristo colgado sobre el altar. Comenzó a recorrer el pasillo lentamente, recitando con voz ahogada:
-Génesis 11.Y dijo Yahveh:"he aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible.-Tragó saliva, y continuó- Bajemos, pues, y una vez allí destruyamos su torre y confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo".
Alcanzó el altar, y subió los peldaños de uno en uno. Lo rodeó y se situó frente al crucifijo.
-Señor, los hombres de distinta raza nunca más podrán mirarse a los ojos sin desconfianza. Tu rebaño jamás volverá a entenderse, el resentimiento será una eterna espina entre ellos. Acusaciones silenciosas tras sonrisas frías. ¿Es esta tu voluntad?
Miró el rostro de Jesucristo, esperando una respuesta. Ante el silencio de Dios, se abrazó a sus pies y rompió a llorar.


sábado, 17 de agosto de 2013

Muerte.

 Hoy he vuelto a ver la película "¿Conoces a Joe Black?" y me ha inspirado para escribir este texto. Llevaba unos días sin ser capaz de redactar nada, y me ha alegrado recuperar el ritmo. Espero poder mantenerlo de ahora en adelante, aunque no prometo nada.

Giró entre sus dedos la suave hoja del cuchillo. Se dejó conmover una noche más por el brillo acerado de su filo a la luz de la luna. La maravillaba la fría elegancia del metal. Tan bello, tan mortal...
Se alejó un poco más de la luz de las farolas, hundiéndose en las sombras del callejón. Acurrucada en una esquina, jugueteando con el instrumento, se mordió el labio. Hacía demasiado tiempo que no se veían, estaba nerviosa. Le había echado tanto de menos que no podía contener la emoción. Deseaba causarle una buena impresión. Se atusó el pelo, preocupada, y alisó las arrugas que se habían formado en su vestido plateado, después de tanto tiempo oculta en aquel oscuro bocacalle. Era el mismo que había llevado la última vez que se vieron, esperaba que ese detalle le gustara.
Al fin, después de horas de espera, un hombre cruzó la noche. Por fin tenía su oportunidad. Amparada en las sombras, esperó a que se alejara del círculo de luz de la última bombilla y se acercara todo lo posible. Cuando al fin el transeunte le dio la espalda, saltó de su escondite y le agarró por la espalda. Antes de que pudiera reaccionar, apoyó con delicadeza el brillo plateado contra su garganta y la acarició con ternura. El hombre se derrumbó de rodillas, tratando de sujetar las cascadas de sangre que bajaban por su pecho. Ella le tumbó con cuidado en la acera, susurrándole disculpas al oído. Le arregló el flequillo con amor y le apoyó la cabeza en su regazo. Por fin iba a verle, después de tanta espera.
El desconocido la miró con terror, trató de apartarla de sí, pero ella le sujetó. No le quedaban fuerzas, no podía huir. El cuchillo había quedado olvidado a un lado. Ya no reflejaba la luz acerosa, ahora el escarlata de su hoja absorbía su brillo. La sangre fue frenando su flujo que acababa en la falda de ella. Y por fin llegó el momento. La luna parecía brillar con más intensidad para recibirlo. El pánico desapareció de los ojos del desgraciado transeunte. Y ahí estaba. Después de tanto tiempo separados, pudo mirar a los ojos del moribundo y verle.
En ese último aliento de vida, la Muerte invadió su cuerpo para llevárselo consigo, y durante un segundo pudieron mirarse en silencio. Sin palabras, se dijeron todo lo que deseaban. En la oscuridad, se prometieron el mundo entero. Ella se inclinó y le besó con todo su amor. Pudo sentir cómo exalaba su último suspiro al separar sus labios del cadáver. Le había echado de menos, pero ahora él volvía a partir.
Le acarició el pelo con amor unos minutos más. No sabía el nombre de la persona que acunaba en su regazo, pero por unos instantes había sido el recipiente de su amado, y siempre le estaría agradecida.
El cuchillo ahora se teñía del negro absoluto de la sangre seca.

miércoles, 26 de junio de 2013

Atrapado

Últimamente no publico nada. Y no es porque haya olvidado este sitio, sino porque no escribo nada. Tengo muchas cosas en la cabeza, y a la vez ninguna. Vivo atascado en la rutina, y no consigo escapar de ella. Pero no pienso permitir que esto continúe por mucho tiempo, y esta entrada es una toma de realidad para mí. O eso espero.

Terminó la partida y la palabra "VICTORIA" apareció en enormes letras azules en la pantalla del ordenador. Una sensación de conformidad me recorría. Pero no era felicidad.
Había perdido 50 minutos de mi vida en aquella partida, y ahora acababa con un resultado favorable y ni siquiera era capaz de sonreír. La imagen se oscureció unos momentos mientras cargaba de nuevo el menú principal del juego y con eso conseguí unos momentos para pensar libremente. No sabía por qué jugaba. Hacía mucho que no disfrutaba con ello, solo me entretenía mínimamente, me hacía gastar mi tiempo sin ningún resultado. No tenía razón para continuar, no lograba nada. Había cientos de cosas que deseaba hacer, sueños que quería cumplir, y cualquier momento era bueno para comenzar. El mundo giraba a mi alrededor y yo continuaba sentado en el centro, anclado, dejándolo pasar sin prestarle atención. Pero aquello no debía continuar. Anhelaba levantarme y brillar, cumplir todas mis metas, disfrutar de la verdadera vida.
La imagen cargó por fin, y la pantalla se aclaró. La miré fijamente unos segundos. Sin alterar un solo músculo de mi rostro para reflejar la dualidad interna que me invadía, comencé una nueva partida.

domingo, 2 de junio de 2013

Vida vacía

Quiero pedir disculpas a todos mis lectores (sí, a los 2) por este período de inactividad. Teniendo en cuenta el escaso tiempo que este blog lleva funcionando, es un poco pronto para empezar a permitirme descansos. Pero ahora mismo me encuentro en el centro de la vorágine que son los exámenes universitarios, y mis ocupaciones se reducen a estudiar, y a hacer cualquier estupidez mientras me arrepiento de no estar estudiando. Sin embargo, no quiero que creais que tengo este lugar olvidado, y ya que no puedo dedicar mis ratos libres a escribir nuevo material, lo dedico a planearlo. Por tanto, este verano espero sorprenderos con curiosas novedades.
Mientras tanto, aquí os dejo la que fue mi primera incursión en el mundo de la poesía. Me ayudó a valorar más este género, y a comprobar la dificultad de utilizarlo. No es un texto ni medio decente, pero me he prometido subir todo lo que escriba que no sea de una longitud excesiva aquí.

Rosa fría, marchita,
el tiempo afila tus espinas.
Pétalos que caen, colores que palidecen,
tu hermosura y alegría perecen.

No me abandones, te necesito,
no puedo vivir sin tu cariño.
Quédate conmigo, mi corazón,
la vida no tiene sentido sin amor.

jueves, 16 de mayo de 2013

Comission 2

Después del resultado obtenido con la primera comission, he decidido repetir el proceso y establecerlo como una sección habitual. Irregularmente abriré nuevos espacios donde, por el mismo proceso, la primera persona que comente podrá pedirme que escriba el texto que le guste. Puede darme un tema, un estilo narrativo, una frase de inicio o de final, un personaje... esa parte os toca a vosotros. 
Esto no significa que deje de lado mis entradas habituales, simplemente es una forma de interactuar con los lectores para manteneros enganchados mientras intento trabajar en mis propias ideas.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Los cambios son buenos, pequeña hoja (comission)

He de decir que, al margen del resultado, me ha gustado el experimento de la comission. Me ha obligado a explorar un estilo completamente nuevo, y a esforzarme. El resultado, por otro lado, deja mucho que desear. Dedico esta entrada, por supuesto, a Ro. Aquí tienes tu encargo. Espero que te guste. 
Manteneos al tanto del blog, porque estoy barajando bastantes novedades que pueden resultar curiosas y seguiré abriendo comission de vez en cuando.

Comission: "Un cuento infantil que exprese los sentimientos del autor".

La pequeña hoja estaba muy nerviosa. Era el primer día de su nueva vida, y todo a su alrededor le parecía maravilloso. A su alrededor, muchas de sus amigas también se desperezaban poco a poco, abriéndose por primera vez al bosque.
Las vistas eran preciosas. Podía ver un enorme claro lleno de animales y de otros árboles, que la saludaban agitando sus ramas al viento. Pero lo que más le gustaba a la pequeña hoja eran las flores.
¡Las había de todas las formas y colores! Y todas eran bellas. Le encantaba observarlas brillar al sol, ver cómo todos los pájaros e insectos iban a saludarlas y a pedirles su sustento. ¡Las admiraba tanto! La pequeña hoja se estiraba todos los días intentando que el sol le diera más que a sus compañeras, para que las flores la vieran brillar. Pero nunca le hacían caso...

El tiempo pasó, y la hoja fue creciendo y cambiando. Hasta que, un día, al despertarse, ¡ya no era una hoja! Se asustó mucho, no entendía nada. ¿Qué me ha pasado?, gritaba. Pero sus amigas no respondían. Les había pasado lo mismo. Comenzó a llorar y a chillar, pero no sirvió de nada. Al final, llegó la noche, y se quedó dormida del cansancio, muy apretada, deseando que todo hubiera sido un sueño.
A la mañana siguiente, al salir el sol, se despertó de nuevo y se miró. Vio que seguía sin ser una hoja, y lloró de nuevo. Pero entonces, cuando los primeros rayos de luz la iluminaron, se vio mejor. ¡Se había convertido en una flor! Como las margaritas y las rosas del prado a las que tanto admiraba. Había pasado mucho miedo siendo un capullo, pero ahora rebosaba felicidad. Estiró sus pétalos al sol y sonrió, orgullosa. Dio las gracias al enorme árbol que la sujetaba por haberle dado ese maravilloso regalo. Durante todo el día se exhibió al mundo, que ahora la miraba con nuevos ojos y saludó a los animales que fueron a visitarla. ¡Y qué bella se sentía!.
Pero al día siguiente los mismos animales volvieron, pidiéndole comida, y al otro, y todos los días. Iban a verla, y ya no se molestaban en saludarla, solo le pedían su alimento. Ella seguía siendo feliz, pero empezaba a estar un poco cansada de sentirse utilizada...
Conforme pasaban los días, se sentía más agotada. Ser flor ya no le parecía tan maravilloso. Ya no tenía ganas de estirarse a tomar el sol, ni de brillar enseñando sus bonitos colores. Atender a todas aquellas criaturas era un trabajo tan cansado para tan poca recompensa...

Y un día, al despertar, ya no tuvo más visitas. ¡Ya no era una flor! Los meses habían pasado, y el árbol había cambiado por completo. El nuevo cambio la asustó mucho, pero también la alivió. Le gustaba sentirse tan bonita, pero no le gustaba que todos le pidiesen cosas y no la dejasen disfrutar. Se asomó con miedo a un charco del suelo para ver su reflejo y descubrir su nueva identidad...
Le devolvió desde allí la mirada una esfera verde y apetitosa. ¡Ahora era una fruta! Al principio le pareció un cambio aburrido, pero cuanto más lo pensaba, más se convencía de lo contrario. Ahora era la más mayor del árbol. Había pasado por todo un ciclo, y todos la respetaban. Las flores y las hojas la miraban y le pedían anécdotas de cuando sólo era un capullo, y ella, jocosa, les respondía. Y cuando estaba cansada, todos la dejaban en paz. Le encantaba enseñar todo lo que había aprendido a los demás, y sentirse útil para el bosque entero. Alegraba los días con olor dulzón. Brillaba cubierta de rocío al amanecer. Era feliz.
Conforme pasaba el tiempo, crecía y se hacía más vistosa y jugosa, y todos la admiraban más. Crecía y crecía, muy orgullosa de su aspecto, como cuando era una flor, pero ahora también de su trabajo. Alcanzó un tamaño enorme, hasta que la ramita que la sujetaba no pudo más...

Cayó al suelo con un fuerte golpe, gritando. No podía moverse, y todo estaba muy oscuro a su alrededor. Allí no llegaba la luz. La dulce fruta se sintió sola, vieja y asustada, no sabía qué hacer. No quería quedarse allí. Ella era importante, todos la necesitaban, ¿Por qué la tiraban sin más?. Sintió al viejo árbol a su lado, el que le había acompañado durante toda su vida, y le maldijo. La había traicionado, abandonándola así. La había repudiado y mandado a la oscuridad a morir, y le odiaba por ello.
Pero entonces, al mirar hacia arriba al árbol, vio cómo una pequeña hoja se estiraba por primera vez al sol, emocionada. Como ella había hecho una vez tanto tiempo atrás. Y entonces ya no tuvo miedo.
La vida era un ciclo, y ahora llegaba a su fin. Había hecho todo lo posible por dejar una pequeña parte de sí al mundo, y ahora le tocaba al final. Podría alimentar a las raíces del viejo árbol y ayudarle a hacer crecer a sus nuevos retoños. Y, por primera vez, se sintió en calma. Cerró los ojos, y dejó que el ciclo volviera a empezar...

martes, 14 de mayo de 2013

Comission

He tomado este término de un compañero que me habla a diario del mundo de la venta de dibujos y textos a través de la red. Una comission es un encargo que se realiza a algún artista. He decidido hacer un pequeño experimento, con la intención de conseguir que la gente entre más a menudo a este pequeño espacio personal mío.
La primera persona que comente en esta entrada podrá encargarme un texto con absolutamente cualquier requisito, y yo trataré de llevarlo a cabo. Puede simplemente describir unos personajes protagonistas, una situación, dar una frase de inicio, o toda la trama y dejar únicamente libres los detalles, y en cuanto lo tenga listo, lo subiré en una nueva entrada.
 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Palabras, palabras, palabras.

Ahora que este ejercicio de recuperación y selección de antiguos textos me está haciendo volver la vista atrás, me doy cuenta de lo mucho que he razonado siempre sobre por qué escribo. Es curioso cuánto tiempo podemos dedicarle algo sin avanzar absolutamente nada. La gente a la que le dedico esta entrada lo sabrá cuando la lea. Los que me han ayudado en mi fútil intento.


Mi cerebro se negaba a funcionar. Mis dedos tiemblan, se agitan, clavan sus uñas furiosos contra las palmas de mis manos. Están deseando escribir. Todo mi ser lo desea. Y, sin embargo, me sentía seco. No conseguía formular ninguna idea ni siquiera mínimamente decente. Así me encuentro, tratando de redactar algo interesante para calmar mis ánimos, y sin embargo he estado a punto de repetir las palabras “mínimamente decente” en 2 líneas seguidas. Me he vuelto una criatura patética.
Y sin embargo, en cuanto alguna circunstancia me hace parar de escribir, soy incapaz de hablar, se me acelera el pulso, me angustio. Necesito continuar con esto. Es como una droga que me consume desde mi interior. Y casi vuelvo a reutilizar el verbo “necesitar”. Debería dejarlo ahora, que aún estoy a tiempo.
Nunca he entendido lo que significa escribir para mí. Siempre he creído que era algo que se me daba bien de forma natural. Y ahora uso las palabras “nunca” y “siempre” en frases consecutivas. Uno de mis sueños es llegar a ser un famoso escritor. En realidad la fama en sí misma me importa un bledo, pero quiero ser lo bastante bueno como para ser conocido. Pero soy incapaz de sentarme a escribir hasta que una idea lo bastante buena me obsesiona. Mi constancia es completamente nula, mi dedicación, inexistente. Solo tengo motivación, y ahora comienza a escasear. Y, para colmo de males, repito la fórmula “y ahora”.
He conocido a muchos escritores amateur estos últimos años. Parece que todos los jóvenes de hoy en día se consideran artistas de la prosa. Me pregunto hasta qué punto la educación actual nos condiciona a ello. Desde que comencé la carrera de psicología, le doy mucha más importancia a la educación. Tal vez yo no sea diferente a ellos. Pero cuando me entregan sus textos a leer con los ojos brillantes de la emoción y veo todos sus errores, no puedo soportar esa idea. No puedo ser como ellos. Pero ¿Cómo voy a ser superior, si no puedo escribir?. Y repito otra vez el nexo “pero”. Qué catastrófico.
Hubo una vez una preciosa mujer, de las pocas personas jóvenes a las que respeto como escritora, que me preguntó por qué me obsesiono con ser escritor si está claro que no me gusta escribir. Me partió el corazón. Hay muchos que me han apoyado, que me han alabado. No recuerdo cómo se escribe “alabado”. Algunos de ellos incluso valían la pena. Pero lo que ella dijo sonó tan real que me desgarró el alma. Unos años después vi la obra de teato de “La gaviota”. No creo que exista una pieza mejor. Tal vez sea por lo que significa para mí.
Hay dos grandes personajes. Uno es un hombre de prestigio que, aunque no lo desea, su talento para escribir lo esclaviza. Cada vez que termina un libro se ve obligado a escribir otro, sin darse un descanso, porque su conciencia le impide desperdiciar su don. Y, sin embargo, odia todo lo que redacta. Él jamás escribiría tantas veces seguidas la conjunción “sin embargo”.
El otro es un joven talento, incapaz de adaptarse a las formas actuales, que escribe por el amor a la literatura, y que continuamente intenta innovar cuando escribe, pero siempre le falta algo. Hay algo que le impide escribir grandes obras y hacerse famoso. Y acaba con el suicidio por amor. Ambos grandes personajes. Ambos yo. No sé a quién me parezco.
Un buen amigo me insiste continuamente en que mi problema es que no sé el nombre de mi musa. Por eso ella me ignora cuando la necesito, porque no puedo llamarla. No sé si está completamente loco, o es la persona más inteligente que conozco. Pero si sé que mi musa no me permitiría usar en 3 oraciones las palabras “no sé”.
Desconozco lo que quiero. Tampoco consigo averiguar quién soy. Pero, si estás ahí, por el amor de Dios, dame algo. Una idea, una imagen, un esbozo. Un beso que hinche mi pecho y me dé fuerzas para continuar. Por favor. Sólo eso. De verdad que deseo escribir. “De verdad que”, tan grotesco...

martes, 7 de mayo de 2013

Musas.

Recuerdo el día en que escribí este texto. Estaba desesperado por tener una idea para un historia, y mi mente estaba en blanco. Así que escribí sobre mí mismo, intentando escribir cómo funciona mi proceso de creación. El resultado es un folio arrugado lleno de tachones, pero en formato digital esa belleza no se aprecia. Se lo dedico a Mía, porque aunque nunca he tenido el placer de conocerla, me ha enseñado mucho indirectamente.

Mi mano se deslizaba a una velocidad vertiginosa sobre la suave textura del papel, dejando una estela azul a su paso. La historia fluía entre mis dedos, que sólo podían acariciarla ligeramente antes de que escapara a mi control y continuara su camino. Las ideas se traducían en palabras, y éstas se plasmaban en la hoja sin que yo fuera consciente del proceso. Los personajes  cobraban vida; se presentaban ante mí, me hablaban de sus pasiones y temores, y yo trataba de dibujarlos como criaturas de tinta.
Ya no tenía poder sobre esto. Era mero vehículo, un esclavo de la inspiración, siervo del arte. Me dejaba llevar sin pensar, y gozaba simplemente por tener el privilegio de formar parte de esta creación. Poco a poco la trama avanzaba, acercándose al clímax, y con ello mi corazón se aceleraba y mis músculos se tensaban, deseando sentir la emoción del apogeo.

Y, de repente, nada. No hubo previo aviso, ni ninguna clase de señal. Mi mano se congeló en el aire, y comenzó a agitarse nerviosa, ansiosa por continuar. Pero no era posible. Traté de acometer de nuevo contra el texto. Escribí un par de palabras dudosas, las releí y las taché furioso un segundo después. Se había ido, y sabía que no iba a volver por ahora. Tapé el bolígrafo y me recliné en la silla, frotándome los ojos.
El eco de sus susurro aún acariciaba mi oído de forma juguetona, torturándome con el recuerdo de la inspiración pero manteniendola lejos de mi alcance. Disfrutaba haciéndome sufrir con ese dolor dulce que caracteriza el abandono temporal. Una risa cristalina sonaba a mi espalda me giré y allí la vi, alejándose entre carcajadas caprichosas. Traté de llamarla para suplicarle que volviera, pero no sabía su nombre. Poco a poco se desvaneció sin remedio, arrastrando de la mano mi talento.
Su ausencia me mataba y su presencia me esclavizaba sin remedio. No podía vivr sin ella, pero con ella no tenía vida.
Así que, sin otra alternativa, cerré los ojos a esperar entre súplicas el reggreso de mi amada musa.

Yo.

Esta entrada refleja una parte muy importante de mi vida, una que nunca podré olvidar, porque aunque ya lo haya superado, forma parte de mí.  Escribí esto de la misma forma que escribí la entrada llamada Vacío, pero esta vez reuní el valor para ser sincero, y se lo hice llegar. Probablemente fue una de las mejores decisiones de mi vida. Nadie podría haberme entendido salvo ella. Y, gracias a ello, pude salir adelante. Aunque a veces se me olvide demostrártelo, siempre te querré, Caperu.

Leí de nuevo las palabras que brillaban en la pantalla del ordenador. Acabé el párrafo y lo comencé otra vez. Una y otra vez. No sé cuánto tiempo pasé así. Nunca estaba seguro.
Siempre que me invade la melancolía y la tristeza, acabo allí. He intentado resistirme, ignorarlo, fingir que aquel cuento nunca existió. Pero ese pequeño párrafo me llama, me atraviesa el corazón como una espina afilada de la bella rosa que fue nuestro amor. Y termino regresando allí, sin poder evitarlo. ¿Cómo un simple blog puede manipularme tanto? No, no nos engañemos, no es por la entrada, no es por el blog. Es por las palabras, es porque es ella, en su estado más puro y perfecto. Su verdad más dolorosa.
Después de mucho esfuerzo, tiempo atrás, reuní el valor para preguntarle por ella. Necesitaba saber por qué existía, por qué era una verdad tan dolorosa si jamás había sido mi intención provocarla. Desmintió todo lo escrito, dijo que sólo eran palabras. Y aunque jamás había dudado de ella, en ese momento sentí la mentira en sus ojos oscuros. O tal vez sólo la vi reflejada en los míos. No lo sé. Sólo sé que siempre acabo regresando a esa entrada.
Pero sé que merecía esas palabras. Siempre he querido pedirle perdón, por todo el daño que sé que le hice, por todo el daño que le hice sin saberlo, y por todo el daño, como ser humano débil que soy, sé que aún le causaré.
Parece que mi vida sea horrible. Nada más lejos de la realidad. Soy una persona feliz, con una vida maravillosa. Tengo una novia que me quiere y me trata bien, y aunque sé que para mí sólo es una Knives en el camino, la quiero, aunque de una forma diferente. Y por suerte ella siempre quiso ser mi amiga, y me ha cuidado, ha estado a mi lado en mis altos y me ha ayudado a salir de mis bajos. Sólo tengo un día triste de vez en cuando, en el que mis sentimientos me invaden y me arrollan como una avalancha, arrastrándome hacia mi pozo de melancolía y, de nuevo, a su blog. Entonces espero unas horas, saco papel y boli, y desahogo todo lo que siento en lágrimas de tinta, hasta que vuelvo a quedar yo.
La dulce e inocente caperucita, siempre recogiendo flores, llevando dulces y sonrisas al mundo, sin importar si son lobos o abuelitas enfermas. Y yo sólo soy un lobo que la acosa desde la arboleda, deseando ser el cazador que la rescate y la abrace cuando al final suenen los violines y caiga el telón.
No sé lo que espero con esto. No es el primer texto que escribo así, aunque nunca habían sido tan largos. No sé lo que quiero. Quiero que venga conmigo, y a la vez la repudio porque sé que no sería feliz a mi lado. La echo de menos, y a la vez me alegra no tenerla para tratar de seguir adelante, aunque a veces lo veo imposible. No quiero hacerte daño con estas palabras, no soportaría hacerte derramar ni una lágrima. Nuestro cuento se acabó, y tuvo un final feliz, porque sigues sonriéndome cada vez que me ves. Pero estoy en mi pozo negro, y aquí, en lo profundo, te echo de menos.

La anilla.

Este texto está inspirado en cierta forma en una historia real, y en cierta forma en una imaginación preocupante. Lo dedico a las mujeres a las que nombra, ambas reales, ambas constructos. Porque hasta en los detalles más pequeños se puede encontrar el amor.

Giré lentamente la anilla de la lata entre mis manos sin poder apartar la vista. Una sonrisa triste asomó a mis labios, mientras mis recuerdos me fustigaban con sus látigos de remordimientos. Había salido la A. Jamás ocurría, y ahora, casi 2 años después, por fin se había dignado a aparecer. Qué crueldad por su parte.

La profesora continuaba hablando y pasando diapositivas mientras toda la clase atendía, pero yo ya no estaba allí. Yo había regresado a mi infancia, a tiempos mejores. Me veía jugando en el patio de la escuela, después de clase, con mi mejor amiga. Se llamaba Ana. Siempre esperábamos juntos una hora después de clase, haciendo cualquier tontería. Dulce inocencia de la juventud. Solíamos beber una lata de fanta para merendar, e inventamos un juego con ella. Era simple: había que girar la anilla mientras se repetían las letras del abecedario, y en el momento en que se soltara, la letra que hubieras dicho sería la inicial de tu futura pareja. Siempre hacíamos chistes de personas de clase con nombres con esa inicial. Nunca había malentendidos, porque las letras A y C estaban tan al inicio del abecedario que nunca se rompía entonces, y la anilla no aguantaba lo suficiente como para dar toda la vuelta. Desgraciado monstruo de aluminio.

Los años pasaron, y nos fuimos distanciando. Continuamos llendo a la misma clase, pero nuestros círculos de amistades se separaron, y las tardes juntos quedaron atrás. Mantuvimos relación, pero ya no era lo mismo. Sabía que ella cada día se olvidaba más de mí, pero yo jamás pude apartarla de mi pensamiento. Me conformaba con aquella cercanía engañosa, aquella complicidad puntual. Estúpido de mí.

Pero el tiempo no tiene piedad, y al final alcanzó el fatídico segundo de bachiller. El final de nuestro recorrido juntos. Ella quería estudiar periodismo en una universidad privada, yo amaba la psicología y no tenía dinero. Era mi última oportunidad, y conseguí reunir todos los restos de mi destrozado valor para aprovecharla. Iluso soñador.

Nos reunimos la tarde del último día de clase. Le había dicho que quería que nos viéramos antes del verano, para no perder el contacto. La esperé en la puerta del instituto, bebiendo una coca-cola. Ella llegó, con su melena negra agitada por el viento de poniente y una brillante sonrisa entre sus labios rojos. La miré fijamente, sin saber qué decir. No había planeado nada. Ella me miró con sus profundos ojos castaños, preocupada ante mi silencio. Nervioso, apuré el resto de la bebida para conseguir tiempo, y cuando acabé comencé a girar la anilla ya por costumbre, mientras repetía en voz baja letras del abecedario. Ella soltó una de sus dulces risas, y se sorprendió de que yo continuara haciendo aquello. La miré de nuevo, muy serio, y le contesté: "Sí, he continuado haciéndolo. Y aún no me ha salido nunca la A. Llevo desde que éramos niños deseando que aparezca. Ojalá saliera la A..."
Ella me miró mientras se enrojecían sus mejillas. Supe que había entendido lo que quería decir. Tomó aire, y respondió: "Tal vez sea lo mejor. Yo también he seguido haciéndolo, y nunca me ha salido la C..."
Yo también entendí lo que había querido decir. Le di la lata con la anilla a mitad arrancar, y me fui en silencio. No nos habíamos vuelto a ver.

La clase continuaba sin mí cuando por fin regresé a la realidad. Hacía ya casi 2 años de aquella fatídica tarde. Ella había conseguido entrar en periodismo, y yo me encontraba en ese preciso momento en clase de psicología.

Eché un vistazo a la pizarra. Se había llenado de palabras que no comprendía así que ni intenté volver a prestar atención.

Miré de nuevo aquella endiablada anilla. Llegaba 2 años tarde. Hacía tanto de aquello... parecía una eternidad.

Me planteé volver a llamarla. Probablemente ella ni recordaba aquella tarde. Pero yo no podía sacármela de la cabeza. Cómo evitó mirarme a los ojos cuando respondió a mi pregunta no formulada.

Apuré de un trago lo que me quedaba de coca-cola. Un montón de letras A giraban alrededor de mi cabeza. Amor. Anilla. Ana. Me torturaban y se mofaban de mi ignorancia.

A mi alrededor todos los alumnos comenzaron a levantarse y recoger. La clase había terminado y yo ni me había dado cuenta. Continué sentado un momento, esperando a que se deshiciera el atasco inicial de salida. La anilla seguía en mi mano, expectante.

Me levanté y me colgué la mochila al hombro, sin dejar de mirar la superficie de aluminio, que lanzaba destellos a la luz de las bombillas del aula. Continué hacia la puerta ya vacía de la clase. Crucé el umbral, sin apartar la vista de la anilla, cuando tropecé con alguien. Contrariado, miré hacia arriba y vi a una chica observándome con cara de disculpa. Su pelo negro caía en ondas brillantes a ambos lados de la cabeza. Me sentí caer en el oscuro pozo de sus hermosos ojos azabache, y por un segundo soñé con una sonrisa asomando entre sus labios rojos.
Ella me miró, y pude admirar la sonrisa deseada. Era aún más bella de lo que habría podido imaginar jamás. Sin dejar de sonreír, dijo:

-Perdona. Soy nueva en la clase, me acaban de cambiar. Me llamo Alba.

Alba. Ana. Anilla. Amor. Estúpida ironía.
La miré, le sonreí, y le contesté:

-Qué usada está la letra A.

El despertar.

Hará un tiempo, escribí un texto gemelo a este y me agradó el resultado. Sin embargo, lo regalé a alguien muy importante, y aunque no me arrepiento de haberlo hecho, porque sé que lo conservará perfectamente aunque lo haya olvidado, decidí tratar de replicarlo en un ejercicio del taller de escritura creativa en que he estado participando este último año. Había que utilizar un listado de palabras poco convencionales. Dedico esta entrada a la persona que posee el texto en cuestión. Cuídalo, es una parte de mí.

Llegó el alba, y con él comenzó su despertar. Se alzó poco a poco, aún envuelta por completo en sombras, una figura babélica y turbadora creciendo lentamente. Alcanzó su tamaño máximo, ser quimérico y misterioso. Una y otra vez se repetía aquel ritual rúnico y ancestral de forma inevitable. El sol alcanzó la altura suficiente, iluminando por detrás al ser, lo que le daba una silueta dorada y totémica.
Y entonces comenzó a moverse. Sus extremidades superiores se estiraron, extendiéndose hacia el cielo. Abrió sus garras y yuxtapuso sus miembros por encima de su cabeza. Criatura gótica y perversa, alargó su columna y alcanzó un tamaño aún mayor.
Abrió los ojos. Tenía una mirada hegemónica, de absoluto odio y desprecio, capaz de retorcer las entrañas y arancar a los hombres más acérrimos su máscara fingidora para mostrar sus miedos más arcaicos.
Sin previo aviso, contrajo todos los músculos de su rostro y abrió sus fauces en la semi penumbra. Y de ellas surgió un sonido gutural, intenso, silabante. Rugido onomatopéyico y significativo. Y, cuando terminó aquel ritual diario, se levantó de la cama, dejó de bostezar, y se preparó para ir a trabajar. Detestaba madrugar.

El circo de las sombras.

Hará unos años, tomé la misma iniciativa que ahora, iniciar un blog, pero de una forma un tanto diferente. Pretendía ser una historia que ir continuando con cada entrada, pero me aburrí de hacerla pública y abandoné el proyecto. Siempre me he planteado continuar con ella, pero nunca lo he hecho. Tal vez lo haga algún día. Continúa en mi cajón de tareas pendientes. Tal vez solo necesito un empujón.
Aquí os dejo la dirección de aquel primogénito, hermano mayor de Olas de tinta, por si alguien siente curiosidad.

http://www.el-circo-de-las-sombras.blogspot.com.es/

Mundo al revés.

Este es probablemente el peor texto que he escrito en mi vida. Pero, como tantos otros, en su momento necesitaba hacerlo, para sacarlo de mi mente.

Vi tus ojos alegres y tu sonrisa azul.
Escuché tu voz amarga y tus suspiros dulces.
Sentí tus manos cariñosas y tus suaves abrazos.
Percibí tu aroma ardiente y tu aliento protector.
Besé tu pelo y acaricié tus labios.

Y mi mundo se volvió del revés,
Y mi yo y mi no yo se convirtieron en tú.

Lo sé, lo sé. Si me lo pedís, no subiré más este tipo de cosas.

Prince of the Blood

Un gran amigo, y consumado dibujante, me propuso hacer juntos un manga. Yo me encargaría de la trama y los diálogos, y él del dibujo. Teníamos una idea interesante, pero acabó en nada. Escribí este texto meses después, al recordarlo, porque no quería que una historia a la que habíamos dedicado tiempo se olvidara sin pena ni gloria. Esta entrada va por ti, Nox Noctis. Sé que algún día, conmigo o sin mí, lo conseguirás.

La mortecina luz de la luna se filtraba entre las ramas de los árboles, iluminándole a medias el camino. El viento, que minutos antes aullaba con un sonido infernal, parecía haberse parado por completo para contemplar la escena. Pero él no era consciente de nada. El pobre hombre sólo corría, tropezando continuamente con las raíces y ramas que quedaban ocultas de la luz, pero sin permitirse caer. Únicamente era capaz de percibir dos sonidos. Tal vez porque estaba demasiado asustado para poder sentir nada más, o tal vez porque el bosque entero se había silenciado para observar el desenlace de su carrera. Sólo podía percibir sus jadeos entrecortados, que liberaban nubes blancas al helado aire nocturno; y los ruidos de su perseguidor. El tamborileo rítmico de sus patas contra el suelo. Sus gruñidos contenidos por el esfuerzo de la carrera. El relamer de su lengua entre sus colmillos al imaginar el festín que se avecinaba. Todo ello se mezclaba en una algarabía que alimentaba su pánico y permitía a sus piernas sacar fuerzas de flaqueza para mantener la carrera al menos un minuto más.
El granjero giraba continuamente la cabeza, como si quisiera verificar cada poco que aquello era realidad, y no una pesadilla. Cada vez que lo hacía, vislumbraba la silueta de la bestia tras él, y en el momento en que atravesaba un espacio por el que se colaban los rayos de la luna e iluminaba al lobo por completo, emitía un gritito y aumentaba el empuje de sus saltos. Pero el tiempo pasaba, y sus jadeos se hacían más pronunciados. Sus pies se volvían más pesados, y cada vez chocaba con más ramas. Era cuestión de tiempo que el licántropo le alcanzara.

Ella observaba la escena desde cuatrocientas yardas de distancia, oculta tras unas rocas en un prado vacío del bosque. Al ver el rumbo de la persecución, se había adelantado por un camino secundario hasta el lugar para prepararse. No se atrevía a estirar los brazos por miedo a que el monstruo la viera, a pesar de la distancia. Se mantenía con una rodilla incada en tierra, escuchando únicamente los látidos de su corazón y los sonidos de la persecución, que le llegaban amortiguados por la distancia. El frío le atravesaba la ropa y se le clavaba en la piel como cientos de agujas. Debía mantenerse completamente fija, para poder apuntar. Apoyada entre el hombro y la roca tras la que se ocultaba, mantenía una enorme ballesta de 6 palmos de longitud, preparada para disparar. Estiró el dedo, y lo colocó en el gatillo. Una voz autoritaria susurró a su lado:
-Aún no.
Ella gruñó, descontenta, y agitó la cabeza en señal de desaprobación. Unos mechones rubios se soltaron de la cola de caballo en la que llevaba recogido el pelo, así que resopló para apartarlos. Giró ligeramente el arma, para mantener al lobo dentro del blanco. Sabía que solo tendría una oportunidad.
La distancia se acortaba a cada segundo. Las fuerzas del campesino le abandonaban, y sus pasos se volvían torpes. El licántropo, a su espalda, al percibir su debilidad, rugió de satisfacción. La presa, asustada, se unió a él con un chillido de pánico. Trató de acelerar en un último esfuerzo, pero se enganchó en una raíz y rodó por el suelo. Su espalda chocó contra un pino, y allí se mantuvo, sin fuerzas ya para levantarse. Al verlo, la muchacha afirmó el dedo sobre el gatillo, pero la voz a su lado la frenó.
-Todavía no.
-Se ha caído. O disparo ahora, o morirá- le susurró, nerviosa.
-Pues prepárate. Pero si disparas ahora, moriremos los tres- sabía que tenía razón, y que debía escucharle. Pero la espera se le hacía insoportable.
Se afianzó la ballesta contra el arma, y cerró los ojos un momento, concentrándose en su corazón. Debía disparar entre latidos. Por fin percibió el ritmo, y respiro hondo, tratando de frenarlo. Pum pum. Observó la escena. El hombre se apretaba cada vez más contra el árbol, tratando de fundirse con él para no ser encontrado. Pero aquello era imposible. Pum pum. Frente a él había un espacio vacío de matorrales, en el que la luna iluminaba un círculo de hierba y pinocha claramente. Perfecto para un blanco. Pum pum. El monstruo estaba cada vez más cerca, percibía su silueta corriendo entre los árboles. Mantuvo la mira apuntando al pequeño claro. Pum pum. Sólo una oportunidad.
-No te adelantes. Espera al último segundo, o lo notará.- Pum pum.
El lobo rugió y saltó sobre su presa. El aldeano se cubrió la cara con los brazos, mientras lanzaba una mezcla de súplica y grito. Pum pum. Vio el cuerpo de la criatura alcanzando el claro de luz, cruzando el aire con las garras por delante. Su blanco. Pum pum. Afianzó el dedo en el gatillo. Pum pum.
-No falles.-Pum pum.
Sólo una oportunidad. Pum pum. Apretó el gatillo. Pum.
La saeta silbó en el frío aire de la noche. Entre el ruido del resorte, oyó a su compañero gritarle "muy pronto". Se levantó, expectante, para ver el resultado.
Vio al lobo con la mandíbula abierta, justo en frente del campesino, que gimoteaba ocultando el rostro entre los brazos. El monstruo lanzaba dentelladas sin fuerza, tratando de alcanzarle con su último aliento. El virote asomaba de su omoplato izquierdo, y la sangre ya había empapado todo su pelaje. La cazadora se acercó lentamente, mientras cargaba un segundo virote en la pesada ballesta por si acaso. Le siguió la silenciosa sombra de su compañero. Alcanzaron al lobo, que les miraba con una mezcla de odio y miedo en los ojos. La sangre comenzaba a apelmazarse entre su pelaje gris, brillando con un tono enfermizo a la luz lunar. Ella se arrodilló junto a él, y le arrancó la flecha del costado. Un pequeño chorro de sangre salió, salpicándole el chaleco de cuero. Sintió una gota caliente alcanzando su mejilla. El lobo moribundo lanzó un débil gimoteo y agitó penosamente una pata hacia ella. No supo interpretar si pedía ayuda o trataba de arañarla antes de morir en señal de venganza.
Se levantó y miró a su compañero:
-Fíjate. Está famélico. Por eso se arriesgó a perseguir a un humano, por eso tardó tanto en alcanzarle. Ésta era su última oportunidad de conseguir comida.- Agitó la cabeza tristemente.
-Ahora ha aprendido quién es el depredador y quién la presa.- Replicó, mientras desenvainaba la enorme espada bastarda que colgaba en su espalda- Y si hubieras disparado un segundo más tarde, le habrías alcanzado el corazón.
Ella resopló y lanzó un último vistazo a la bestia. Siempre la sorprendía el gran parecido con un lobo común. Sólo se diferenciaban en el tamaño, ya que éste los duplicaba fácilmente, y en la anchura de hombros de las patas delanteras. Podía ver las costillas asomando. Debía llevar sin comer una semana.
El campesino por fin se atrevió a apartar las manos del rostro y contemplar la escena. Aún respiraba aceleradamente por la adrenalina. Su compañero, Jace, se situó junto al licántropo y alzó la espada.
-Muere, bestia inmunda.
La espada descendió en un veloz arco, y cercenó de un corte limpio la cabeza, que rodó hasta los pies del granjero. Éste se arrastró, tratando de huir de ella, con el pánico aún recorriéndole el cuerpo. Pero se atrevió a abrir la boca y decir:
-Yo... yo... muchas gracias. ¿Quiénes... quiénes sois?
Jace limpió cuidadosamente la espada restregándola con la espalda del licántropo, y la envainó de nuevo. Ella aún sujetaba la enorme ballesta, que se echó al hombro, mientras Jace respondía:
-Mi nombre es Jace Snow, y ella es Rose. Somos cazadores de monstruos. Y tú nos debes la vida.

Vacío.

No recuerdo cuándo escribí esto. Cuando todo me abandona, y no me queda nada, me refugio entre los folios en blanco. Ellos siempre escuchan mis historias. Así que se las cuento, hasta que ya no quedan penas en mi interior y puedo volver a reír. En una vieja carpeta de mi ordenador he encontrado uno de esos textos, y por qué no, aquí está.

Siento un vacío desolador en mi interior. El corazón no me late, el aire no me alcanza los pulmones, mis lágrimas no mojan mis mejillas y no alivian mi dolor. El engaño se ha roto, la realidad ha salido a la luz, y el potente destello de ésta ha cegado mis sentimientos. Ya no siento nada.
Pero en realidad siempre lo supe. Se lo juré una y otra vez. Cuando acabó, creí que no había sido real, pero ahora veo que sólo me escondía de la realidad. Vivía una mentira, y sin embargo llegué a ser feliz en mi ignorancia. Pero ahora hasta la ignorancia me ha abandonado. Y sólo me queda el dolor.
Lo que más me atraviesa es la impotencia. El sentirme inútil e innecesario. No hago falta. La historia tuvo un final feliz. Ella es feliz. ¿Porqué entonces me cuesta tanto sonreír?

Cosas que hacer antes de morir

1- Despertar a alguien con un beso.
 2- Hacer un viaje sin saber cuánto durará y sólo con lo puesto y lo llevado en una mochila.
3- Tener una charla existencial con un desconocido.
4- Dar un discurso de motivación no programado- Cumplido.
5- Ver un amanecer en la playa.
6- Pasar un fin de año sin relojes ni televisores.
7- Dar una fiesta de despedida antes de mi muerte.
8- Morir con una sonrisa y bellas palabras en los labios.
9- Hacer el amor al aire libre.
10- Ir a París.
11- Pasear toda la noche por Madrid con un amigo.
12- Conseguir que alguien me reconozca por la calle al oir mi nombre.
13- Besar a una mujer bella bajo la lluvia- Cumplido.
14- Decirle a mi hijo las palabras "hijo, en lo que quieras, pero el mejor".
15- Publicar un libro.
16- Llorar de felicidad.
17- Hacer llorar de felicidad a alguien- Cumplido.
18- Cambiar el mundo.
19- Hacer algo que perdure en la historia.
20- Representar una obra de teatro clásica.
21- Hacer llorar a alguien con uno de mis textos.
 22- Ganar un torneo de jugger.

Razones

Este blog es un espacio personal que he tenido la necesidad de crear para expresarme. Mi vida es un caos rutinario bastante curioso, lleno de grandes momentos y algunos malos. Hay pocas constantes en el torbellino de mis pensamientos, y el eje central de todas ellas es la literatura. El amor a la palabra escrita es lo que soy, lo que quiero ser, lo que no puedo evitar ser. Son olas de tinta chocando eternamente contra mi mente, obligándome a escribir. Y, con la comodidad como único objetivo, he decidido crear este pequeño rincón, para tener siempre a mano las ocurrencias que decida subir.

No sé cómo funcionará, ni la clase de entradas que publicaré, ni cada cuánto tiempo una ola alcanzará la orilla. Publicaré fragmentos de textos antiguos, no de los mejores, sino de los que han tenido la suerte de no desaparecer entre los apuntes y los libros desperdigados por mi habitación. Invito a quien lo desee a comentar cualquiera de las entradas, para pedir explicaciones, criticar, animar, consultar, o debatir cualquiera de las ideas.
Sin más dilación, señoras y señores, yo.