Después del resultado obtenido con la primera comission, he decidido repetir el proceso y establecerlo como una sección habitual. Irregularmente abriré nuevos espacios donde, por el mismo proceso, la primera persona que comente podrá pedirme que escriba el texto que le guste. Puede darme un tema, un estilo narrativo, una frase de inicio o de final, un personaje... esa parte os toca a vosotros.
Esto no significa que deje de lado mis entradas habituales, simplemente es una forma de interactuar con los lectores para manteneros enganchados mientras intento trabajar en mis propias ideas.
jueves, 16 de mayo de 2013
miércoles, 15 de mayo de 2013
Los cambios son buenos, pequeña hoja (comission)
He de decir que, al margen del resultado, me ha gustado el experimento de la comission. Me ha obligado a explorar un estilo completamente nuevo, y a esforzarme. El resultado, por otro lado, deja mucho que desear. Dedico esta entrada, por supuesto, a Ro. Aquí tienes tu encargo. Espero que te guste.
Manteneos al tanto del blog, porque estoy barajando bastantes novedades que pueden resultar curiosas y seguiré abriendo comission de vez en cuando.
Comission: "Un cuento infantil que exprese los sentimientos del autor".
La pequeña hoja estaba muy nerviosa. Era el primer día de su nueva vida, y todo a su alrededor le parecía maravilloso. A su alrededor, muchas de sus amigas también se desperezaban poco a poco, abriéndose por primera vez al bosque.
Manteneos al tanto del blog, porque estoy barajando bastantes novedades que pueden resultar curiosas y seguiré abriendo comission de vez en cuando.
Comission: "Un cuento infantil que exprese los sentimientos del autor".
La pequeña hoja estaba muy nerviosa. Era el primer día de su nueva vida, y todo a su alrededor le parecía maravilloso. A su alrededor, muchas de sus amigas también se desperezaban poco a poco, abriéndose por primera vez al bosque.
Las vistas eran preciosas.
Podía ver un enorme claro lleno de animales y de otros árboles, que
la saludaban agitando sus ramas al viento. Pero lo que más le
gustaba a la pequeña hoja eran las flores.
¡Las había de todas las
formas y colores! Y todas eran bellas. Le encantaba observarlas
brillar al sol, ver cómo todos los pájaros e insectos iban a
saludarlas y a pedirles su sustento. ¡Las admiraba tanto! La pequeña
hoja se estiraba todos los días intentando que el sol le diera más
que a sus compañeras, para que las flores la vieran brillar. Pero
nunca le hacían caso...
El tiempo pasó, y la hoja
fue creciendo y cambiando. Hasta que, un día, al despertarse, ¡ya
no era una hoja! Se asustó mucho, no entendía nada. ¿Qué me ha
pasado?, gritaba. Pero sus amigas no respondían. Les había pasado
lo mismo. Comenzó a llorar y a chillar, pero no sirvió de nada. Al
final, llegó la noche, y se quedó dormida del cansancio, muy
apretada, deseando que todo hubiera sido un sueño.
A la mañana siguiente, al
salir el sol, se despertó de nuevo y se miró. Vio que seguía sin
ser una hoja, y lloró de nuevo. Pero entonces, cuando los primeros
rayos de luz la iluminaron, se vio mejor. ¡Se había convertido en
una flor! Como las margaritas y las rosas del prado a las que tanto
admiraba. Había pasado mucho miedo siendo un capullo, pero ahora
rebosaba felicidad. Estiró sus pétalos al sol y sonrió, orgullosa.
Dio las gracias al enorme árbol que la sujetaba por haberle dado ese
maravilloso regalo. Durante todo el día se exhibió al mundo, que
ahora la miraba con nuevos ojos y saludó a los animales que fueron a
visitarla. ¡Y qué bella se sentía!.
Pero al día siguiente los
mismos animales volvieron, pidiéndole comida, y al otro, y todos los
días. Iban a verla, y ya no se molestaban en saludarla, solo le
pedían su alimento. Ella seguía siendo feliz, pero empezaba a estar
un poco cansada de sentirse utilizada...
Conforme pasaban los días,
se sentía más agotada. Ser flor ya no le parecía tan maravilloso.
Ya no tenía ganas de estirarse a tomar el sol, ni de brillar
enseñando sus bonitos colores. Atender a todas aquellas criaturas
era un trabajo tan cansado para tan poca recompensa...
Y un día, al despertar,
ya no tuvo más visitas. ¡Ya no era una flor! Los meses habían
pasado, y el árbol había cambiado por completo. El nuevo cambio la
asustó mucho, pero también la alivió. Le gustaba sentirse tan
bonita, pero no le gustaba que todos le pidiesen cosas y no la
dejasen disfrutar. Se asomó con miedo a un charco del suelo para ver
su reflejo y descubrir su nueva identidad...
Le devolvió desde allí
la mirada una esfera verde y apetitosa. ¡Ahora era una fruta! Al
principio le pareció un cambio aburrido, pero cuanto más lo
pensaba, más se convencía de lo contrario. Ahora era la más mayor
del árbol. Había pasado por todo un ciclo, y todos la respetaban.
Las flores y las hojas la miraban y le pedían anécdotas de cuando
sólo era un capullo, y ella, jocosa, les respondía. Y cuando estaba
cansada, todos la dejaban en paz. Le encantaba enseñar todo lo que
había aprendido a los demás, y sentirse útil para el bosque
entero. Alegraba los días con olor dulzón. Brillaba cubierta de
rocío al amanecer. Era feliz.
Conforme pasaba el
tiempo, crecía y se hacía más vistosa y jugosa, y todos la
admiraban más. Crecía y crecía, muy orgullosa de su aspecto, como
cuando era una flor, pero ahora también de su trabajo. Alcanzó un
tamaño enorme, hasta que la ramita que la sujetaba no pudo más...
Cayó al suelo con un
fuerte golpe, gritando. No podía moverse, y todo estaba muy oscuro a
su alrededor. Allí no llegaba la luz. La dulce fruta se sintió
sola, vieja y asustada, no sabía qué hacer. No quería quedarse
allí. Ella era importante, todos la necesitaban, ¿Por qué la
tiraban sin más?. Sintió al viejo árbol a su lado, el que le había
acompañado durante toda su vida, y le maldijo. La había
traicionado, abandonándola así. La había repudiado y mandado a la
oscuridad a morir, y le odiaba por ello.
Pero entonces, al mirar
hacia arriba al árbol, vio cómo una pequeña hoja se estiraba por
primera vez al sol, emocionada. Como ella había hecho una vez tanto
tiempo atrás. Y entonces ya no tuvo miedo.
La vida era un ciclo, y
ahora llegaba a su fin. Había hecho todo lo posible por dejar una
pequeña parte de sí al mundo, y ahora le tocaba al final. Podría
alimentar a las raíces del viejo árbol y ayudarle a hacer crecer a
sus nuevos retoños. Y, por primera vez, se sintió en calma. Cerró
los ojos, y dejó que el ciclo volviera a empezar...
martes, 14 de mayo de 2013
Comission
He tomado este término de un compañero que me habla a diario del mundo de la venta de dibujos y textos a través de la red. Una comission es un encargo que se realiza a algún artista. He decidido hacer un pequeño experimento, con la intención de conseguir que la gente entre más a menudo a este pequeño espacio personal mío.
La primera persona que comente en esta entrada podrá encargarme un texto con absolutamente cualquier requisito, y yo trataré de llevarlo a cabo. Puede simplemente describir unos personajes protagonistas, una situación, dar una frase de inicio, o toda la trama y dejar únicamente libres los detalles, y en cuanto lo tenga listo, lo subiré en una nueva entrada.
La primera persona que comente en esta entrada podrá encargarme un texto con absolutamente cualquier requisito, y yo trataré de llevarlo a cabo. Puede simplemente describir unos personajes protagonistas, una situación, dar una frase de inicio, o toda la trama y dejar únicamente libres los detalles, y en cuanto lo tenga listo, lo subiré en una nueva entrada.
miércoles, 8 de mayo de 2013
Palabras, palabras, palabras.
Ahora que este ejercicio de recuperación y selección de antiguos textos me está haciendo volver la vista atrás, me doy cuenta de lo mucho que he razonado siempre sobre por qué escribo. Es curioso cuánto tiempo podemos dedicarle algo sin avanzar absolutamente nada. La gente a la que le dedico esta entrada lo sabrá cuando la lea. Los que me han ayudado en mi fútil intento.
Mi cerebro se negaba a funcionar. Mis
dedos tiemblan, se agitan, clavan sus uñas furiosos contra las
palmas de mis manos. Están deseando escribir. Todo mi ser lo desea.
Y, sin embargo, me sentía seco. No conseguía formular ninguna idea
ni siquiera mínimamente decente. Así me encuentro, tratando de
redactar algo interesante para calmar mis ánimos, y sin embargo he
estado a punto de repetir las palabras “mínimamente decente” en
2 líneas seguidas. Me he vuelto una criatura patética.
Y sin embargo, en cuanto alguna
circunstancia me hace parar de escribir, soy incapaz de hablar, se me
acelera el pulso, me angustio. Necesito continuar con esto. Es como
una droga que me consume desde mi interior. Y casi vuelvo a
reutilizar el verbo “necesitar”. Debería dejarlo ahora, que aún
estoy a tiempo.
Nunca he entendido lo que significa
escribir para mí. Siempre he creído que era algo que se me daba
bien de forma natural. Y ahora uso las palabras “nunca” y
“siempre” en frases consecutivas. Uno de mis sueños es llegar a
ser un famoso escritor. En realidad la fama en sí misma me importa
un bledo, pero quiero ser lo bastante bueno como para ser conocido.
Pero soy incapaz de sentarme a escribir hasta que una idea lo
bastante buena me obsesiona. Mi constancia es completamente nula, mi
dedicación, inexistente. Solo tengo motivación, y ahora comienza a
escasear. Y, para colmo de males, repito la fórmula “y ahora”.
He conocido a muchos escritores amateur
estos últimos años. Parece que todos los jóvenes de hoy en día se
consideran artistas de la prosa. Me pregunto hasta qué punto la
educación actual nos condiciona a ello. Desde que comencé la
carrera de psicología, le doy mucha más importancia a la educación.
Tal vez yo no sea diferente a ellos. Pero cuando me entregan sus
textos a leer con los ojos brillantes de la emoción y veo todos sus
errores, no puedo soportar esa idea. No puedo ser como ellos. Pero
¿Cómo voy a ser superior, si no puedo escribir?. Y repito otra vez
el nexo “pero”. Qué catastrófico.
Hubo una vez una preciosa mujer, de las
pocas personas jóvenes a las que respeto como escritora, que me
preguntó por qué me obsesiono con ser escritor si está claro que
no me gusta escribir. Me partió el corazón. Hay muchos que me han
apoyado, que me han alabado. No recuerdo cómo se escribe “alabado”.
Algunos de ellos incluso valían la pena. Pero lo que ella dijo sonó
tan real que me desgarró el alma. Unos años después vi la obra de
teato de “La gaviota”. No creo que exista una pieza mejor. Tal
vez sea por lo que significa para mí.
Hay dos grandes personajes. Uno es un
hombre de prestigio que, aunque no lo desea, su talento para escribir
lo esclaviza. Cada vez que termina un libro se ve obligado a escribir
otro, sin darse un descanso, porque su conciencia le impide
desperdiciar su don. Y, sin embargo, odia todo lo que redacta. Él
jamás escribiría tantas veces seguidas la conjunción “sin
embargo”.
El otro es un joven talento, incapaz de
adaptarse a las formas actuales, que escribe por el amor a la
literatura, y que continuamente intenta innovar cuando escribe, pero
siempre le falta algo. Hay algo que le impide escribir grandes obras
y hacerse famoso. Y acaba con el suicidio por amor. Ambos grandes
personajes. Ambos yo. No sé a quién me parezco.
Un buen amigo me insiste continuamente
en que mi problema es que no sé el nombre de mi musa. Por eso ella
me ignora cuando la necesito, porque no puedo llamarla. No sé si
está completamente loco, o es la persona más inteligente que
conozco. Pero si sé que mi musa no me permitiría usar en 3
oraciones las palabras “no sé”.
Desconozco lo que quiero. Tampoco
consigo averiguar quién soy. Pero, si estás ahí, por el amor de
Dios, dame algo. Una idea, una imagen, un esbozo. Un beso que hinche
mi pecho y me dé fuerzas para continuar. Por favor. Sólo eso. De
verdad que deseo escribir. “De verdad que”, tan grotesco...
martes, 7 de mayo de 2013
Musas.
Recuerdo el día en que escribí este texto. Estaba desesperado por tener una idea para un historia, y mi mente estaba en blanco. Así que escribí sobre mí mismo, intentando escribir cómo funciona mi proceso de creación. El resultado es un folio arrugado lleno de tachones, pero en formato digital esa belleza no se aprecia. Se lo dedico a Mía, porque aunque nunca he tenido el placer de conocerla, me ha enseñado mucho indirectamente.
Mi mano se deslizaba a una velocidad vertiginosa sobre la suave textura del papel, dejando una estela azul a su paso. La historia fluía entre mis dedos, que sólo podían acariciarla ligeramente antes de que escapara a mi control y continuara su camino. Las ideas se traducían en palabras, y éstas se plasmaban en la hoja sin que yo fuera consciente del proceso. Los personajes cobraban vida; se presentaban ante mí, me hablaban de sus pasiones y temores, y yo trataba de dibujarlos como criaturas de tinta.
Ya no tenía poder sobre esto. Era mero vehículo, un esclavo de la inspiración, siervo del arte. Me dejaba llevar sin pensar, y gozaba simplemente por tener el privilegio de formar parte de esta creación. Poco a poco la trama avanzaba, acercándose al clímax, y con ello mi corazón se aceleraba y mis músculos se tensaban, deseando sentir la emoción del apogeo.
Y, de repente, nada. No hubo previo aviso, ni ninguna clase de señal. Mi mano se congeló en el aire, y comenzó a agitarse nerviosa, ansiosa por continuar. Pero no era posible. Traté de acometer de nuevo contra el texto. Escribí un par de palabras dudosas, las releí y las taché furioso un segundo después. Se había ido, y sabía que no iba a volver por ahora. Tapé el bolígrafo y me recliné en la silla, frotándome los ojos.
El eco de sus susurro aún acariciaba mi oído de forma juguetona, torturándome con el recuerdo de la inspiración pero manteniendola lejos de mi alcance. Disfrutaba haciéndome sufrir con ese dolor dulce que caracteriza el abandono temporal. Una risa cristalina sonaba a mi espalda me giré y allí la vi, alejándose entre carcajadas caprichosas. Traté de llamarla para suplicarle que volviera, pero no sabía su nombre. Poco a poco se desvaneció sin remedio, arrastrando de la mano mi talento.
Su ausencia me mataba y su presencia me esclavizaba sin remedio. No podía vivr sin ella, pero con ella no tenía vida.
Así que, sin otra alternativa, cerré los ojos a esperar entre súplicas el reggreso de mi amada musa.
Mi mano se deslizaba a una velocidad vertiginosa sobre la suave textura del papel, dejando una estela azul a su paso. La historia fluía entre mis dedos, que sólo podían acariciarla ligeramente antes de que escapara a mi control y continuara su camino. Las ideas se traducían en palabras, y éstas se plasmaban en la hoja sin que yo fuera consciente del proceso. Los personajes cobraban vida; se presentaban ante mí, me hablaban de sus pasiones y temores, y yo trataba de dibujarlos como criaturas de tinta.
Ya no tenía poder sobre esto. Era mero vehículo, un esclavo de la inspiración, siervo del arte. Me dejaba llevar sin pensar, y gozaba simplemente por tener el privilegio de formar parte de esta creación. Poco a poco la trama avanzaba, acercándose al clímax, y con ello mi corazón se aceleraba y mis músculos se tensaban, deseando sentir la emoción del apogeo.
Y, de repente, nada. No hubo previo aviso, ni ninguna clase de señal. Mi mano se congeló en el aire, y comenzó a agitarse nerviosa, ansiosa por continuar. Pero no era posible. Traté de acometer de nuevo contra el texto. Escribí un par de palabras dudosas, las releí y las taché furioso un segundo después. Se había ido, y sabía que no iba a volver por ahora. Tapé el bolígrafo y me recliné en la silla, frotándome los ojos.
El eco de sus susurro aún acariciaba mi oído de forma juguetona, torturándome con el recuerdo de la inspiración pero manteniendola lejos de mi alcance. Disfrutaba haciéndome sufrir con ese dolor dulce que caracteriza el abandono temporal. Una risa cristalina sonaba a mi espalda me giré y allí la vi, alejándose entre carcajadas caprichosas. Traté de llamarla para suplicarle que volviera, pero no sabía su nombre. Poco a poco se desvaneció sin remedio, arrastrando de la mano mi talento.
Su ausencia me mataba y su presencia me esclavizaba sin remedio. No podía vivr sin ella, pero con ella no tenía vida.
Así que, sin otra alternativa, cerré los ojos a esperar entre súplicas el reggreso de mi amada musa.
Yo.
Esta entrada refleja una parte muy importante de mi vida, una que nunca podré olvidar, porque aunque ya lo haya superado, forma parte de mí. Escribí esto de la misma forma que escribí la entrada llamada Vacío, pero esta vez reuní el valor para ser sincero, y se lo hice llegar. Probablemente fue una de las mejores decisiones de mi vida. Nadie podría haberme entendido salvo ella. Y, gracias a ello, pude salir adelante. Aunque a veces se me olvide demostrártelo, siempre te querré, Caperu.
Leí de nuevo las palabras que
brillaban en la pantalla del ordenador. Acabé el párrafo y lo
comencé otra vez. Una y otra vez. No sé cuánto tiempo pasé así.
Nunca estaba seguro.
Siempre que me invade la melancolía y
la tristeza, acabo allí. He intentado resistirme, ignorarlo, fingir
que aquel cuento nunca existió. Pero ese pequeño párrafo me llama,
me atraviesa el corazón como una espina afilada de la bella rosa que
fue nuestro amor. Y termino regresando allí, sin poder evitarlo.
¿Cómo un simple blog puede manipularme tanto? No, no nos engañemos,
no es por la entrada, no es por el blog. Es por las palabras, es
porque es ella, en su estado más puro y perfecto. Su verdad más
dolorosa.
Después de mucho esfuerzo, tiempo
atrás, reuní el valor para preguntarle por ella. Necesitaba saber
por qué existía, por qué era una verdad tan dolorosa si jamás
había sido mi intención provocarla. Desmintió todo lo escrito,
dijo que sólo eran palabras. Y aunque jamás había dudado de ella,
en ese momento sentí la mentira en sus ojos oscuros. O tal vez sólo
la vi reflejada en los míos. No lo sé. Sólo sé que siempre acabo
regresando a esa entrada.
Pero sé que merecía esas palabras.
Siempre he querido pedirle perdón, por todo el daño que sé que le
hice, por todo el daño que le hice sin saberlo, y por todo el daño,
como ser humano débil que soy, sé que aún le causaré.
Parece que mi vida sea horrible. Nada
más lejos de la realidad. Soy una persona feliz, con una vida
maravillosa. Tengo una novia que me quiere y me trata bien, y aunque
sé que para mí sólo es una Knives en el camino, la quiero, aunque
de una forma diferente. Y por suerte ella siempre quiso ser mi amiga,
y me ha cuidado, ha estado a mi lado en mis altos y me ha ayudado a
salir de mis bajos. Sólo tengo un día triste de vez en cuando, en
el que mis sentimientos me invaden y me arrollan como una avalancha,
arrastrándome hacia mi pozo de melancolía y, de nuevo, a su blog.
Entonces espero unas horas, saco papel y boli, y desahogo todo lo que
siento en lágrimas de tinta, hasta que vuelvo a quedar yo.
La dulce e inocente caperucita, siempre
recogiendo flores, llevando dulces y sonrisas al mundo, sin importar
si son lobos o abuelitas enfermas. Y yo sólo soy un lobo que la
acosa desde la arboleda, deseando ser el cazador que la rescate y la
abrace cuando al final suenen los violines y caiga el telón.
No sé lo que espero con esto. No es el
primer texto que escribo así, aunque nunca habían sido tan largos.
No sé lo que quiero. Quiero que venga conmigo, y a la vez la repudio
porque sé que no sería feliz a mi lado. La echo de menos, y a la
vez me alegra no tenerla para tratar de seguir adelante, aunque a
veces lo veo imposible. No quiero hacerte daño con estas palabras,
no soportaría hacerte derramar ni una lágrima. Nuestro cuento se
acabó, y tuvo un final feliz, porque sigues sonriéndome cada vez
que me ves. Pero estoy en mi pozo negro, y aquí, en lo profundo, te
echo de menos.
La anilla.
Este texto está inspirado en cierta forma en una historia real, y en cierta forma en una imaginación preocupante. Lo dedico a las mujeres a las que nombra, ambas reales, ambas constructos. Porque hasta en los detalles más pequeños se puede encontrar el amor.
Giré lentamente
la anilla de la lata entre mis manos sin poder apartar la vista. Una
sonrisa triste asomó a mis labios, mientras mis recuerdos me
fustigaban con sus látigos de remordimientos. Había salido la A.
Jamás ocurría, y ahora, casi 2 años después, por fin se había
dignado a aparecer. Qué crueldad por su parte.
La profesora
continuaba hablando y pasando diapositivas mientras toda la clase
atendía, pero yo ya no estaba allí. Yo había regresado a mi
infancia, a tiempos mejores. Me veía jugando en el patio de la
escuela, después de clase, con mi mejor amiga. Se llamaba Ana.
Siempre esperábamos juntos una hora después de clase, haciendo
cualquier tontería. Dulce inocencia de la juventud. Solíamos beber
una lata de fanta para merendar, e inventamos un juego con ella. Era
simple: había que girar la anilla mientras se repetían las letras
del abecedario, y en el momento en que se soltara, la letra que
hubieras dicho sería la inicial de tu futura pareja. Siempre
hacíamos chistes de personas de clase con nombres con esa inicial.
Nunca había malentendidos, porque las letras A y C estaban tan al
inicio del abecedario que nunca se rompía entonces, y la anilla no
aguantaba lo suficiente como para dar toda la vuelta. Desgraciado
monstruo de aluminio.
Los años pasaron,
y nos fuimos distanciando. Continuamos llendo a la misma clase, pero
nuestros círculos de amistades se separaron, y las tardes juntos
quedaron atrás. Mantuvimos relación, pero ya no era lo mismo. Sabía
que ella cada día se olvidaba más de mí, pero yo jamás pude
apartarla de mi pensamiento. Me conformaba con aquella cercanía
engañosa, aquella complicidad puntual. Estúpido de mí.
Pero el tiempo no
tiene piedad, y al final alcanzó el fatídico segundo de bachiller.
El final de nuestro recorrido juntos. Ella quería estudiar
periodismo en una universidad privada, yo amaba la psicología y no
tenía dinero. Era mi última oportunidad, y conseguí reunir todos
los restos de mi destrozado valor para aprovecharla. Iluso soñador.
Nos reunimos la
tarde del último día de clase. Le había dicho que quería que nos
viéramos antes del verano, para no perder el contacto. La esperé en
la puerta del instituto, bebiendo una coca-cola. Ella llegó, con su
melena negra agitada por el viento de poniente y una brillante
sonrisa entre sus labios rojos. La miré fijamente, sin saber qué
decir. No había planeado nada. Ella me miró con sus profundos ojos
castaños, preocupada ante mi silencio. Nervioso, apuré el resto de
la bebida para conseguir tiempo, y cuando acabé comencé a girar la
anilla ya por costumbre, mientras repetía en voz baja letras del
abecedario. Ella soltó una de sus dulces risas, y se sorprendió de
que yo continuara haciendo aquello. La miré de nuevo, muy serio, y
le contesté: "Sí, he continuado haciéndolo. Y aún no me ha
salido nunca la A. Llevo desde que éramos niños deseando que
aparezca. Ojalá saliera la A..."
Ella me miró
mientras se enrojecían sus mejillas. Supe que había entendido lo
que quería decir. Tomó aire, y respondió: "Tal vez sea lo
mejor. Yo también he seguido haciéndolo, y nunca me ha salido la
C..."
Yo también
entendí lo que había querido decir. Le di la lata con la anilla a
mitad arrancar, y me fui en silencio. No nos habíamos vuelto a ver.
La clase
continuaba sin mí cuando por fin regresé a la realidad. Hacía ya
casi 2 años de aquella fatídica tarde. Ella había conseguido
entrar en periodismo, y yo me encontraba en ese preciso momento en
clase de psicología.
Eché un vistazo a
la pizarra. Se había llenado de palabras que no comprendía así que
ni intenté volver a prestar atención.
Miré de nuevo
aquella endiablada anilla. Llegaba 2 años tarde. Hacía tanto de
aquello... parecía una eternidad.
Me planteé volver
a llamarla. Probablemente ella ni recordaba aquella tarde. Pero yo no
podía sacármela de la cabeza. Cómo evitó mirarme a los ojos
cuando respondió a mi pregunta no formulada.
Apuré de un trago
lo que me quedaba de coca-cola. Un montón de letras A giraban
alrededor de mi cabeza. Amor. Anilla. Ana. Me torturaban y se mofaban
de mi ignorancia.
A mi alrededor
todos los alumnos comenzaron a levantarse y recoger. La clase había
terminado y yo ni me había dado cuenta. Continué sentado un
momento, esperando a que se deshiciera el atasco inicial de salida.
La anilla seguía en mi mano, expectante.
Me levanté y me
colgué la mochila al hombro, sin dejar de mirar la superficie de
aluminio, que lanzaba destellos a la luz de las bombillas del aula.
Continué hacia la puerta ya vacía de la clase. Crucé el umbral,
sin apartar la vista de la anilla, cuando tropecé con alguien.
Contrariado, miré hacia arriba y vi a una chica observándome con
cara de disculpa. Su pelo negro caía en ondas brillantes a ambos
lados de la cabeza. Me sentí caer en el oscuro pozo de sus hermosos
ojos azabache, y por un segundo soñé con una sonrisa asomando entre
sus labios rojos.
Ella me miró, y
pude admirar la sonrisa deseada. Era aún más bella de lo que habría
podido imaginar jamás. Sin dejar de sonreír, dijo:
-Perdona. Soy
nueva en la clase, me acaban de cambiar. Me llamo Alba.
Alba. Ana. Anilla.
Amor. Estúpida ironía.
La miré, le
sonreí, y le contesté:
-Qué usada está
la letra A.
El despertar.
Hará un tiempo, escribí un texto gemelo a este y me agradó el resultado. Sin embargo, lo regalé a alguien muy importante, y aunque no me arrepiento de haberlo hecho, porque sé que lo conservará perfectamente aunque lo haya olvidado, decidí tratar de replicarlo en un ejercicio del taller de escritura creativa en que he estado participando este último año. Había que utilizar un listado de palabras poco convencionales. Dedico esta entrada a la persona que posee el texto en cuestión. Cuídalo, es una parte de mí.
Llegó el alba, y con él comenzó su despertar. Se alzó poco a poco, aún envuelta por completo en sombras, una figura babélica y turbadora creciendo lentamente. Alcanzó su tamaño máximo, ser quimérico y misterioso. Una y otra vez se repetía aquel ritual rúnico y ancestral de forma inevitable. El sol alcanzó la altura suficiente, iluminando por detrás al ser, lo que le daba una silueta dorada y totémica.
Y entonces comenzó a moverse. Sus extremidades superiores se estiraron, extendiéndose hacia el cielo. Abrió sus garras y yuxtapuso sus miembros por encima de su cabeza. Criatura gótica y perversa, alargó su columna y alcanzó un tamaño aún mayor.
Abrió los ojos. Tenía una mirada hegemónica, de absoluto odio y desprecio, capaz de retorcer las entrañas y arancar a los hombres más acérrimos su máscara fingidora para mostrar sus miedos más arcaicos.
Sin previo aviso, contrajo todos los músculos de su rostro y abrió sus fauces en la semi penumbra. Y de ellas surgió un sonido gutural, intenso, silabante. Rugido onomatopéyico y significativo. Y, cuando terminó aquel ritual diario, se levantó de la cama, dejó de bostezar, y se preparó para ir a trabajar. Detestaba madrugar.
Llegó el alba, y con él comenzó su despertar. Se alzó poco a poco, aún envuelta por completo en sombras, una figura babélica y turbadora creciendo lentamente. Alcanzó su tamaño máximo, ser quimérico y misterioso. Una y otra vez se repetía aquel ritual rúnico y ancestral de forma inevitable. El sol alcanzó la altura suficiente, iluminando por detrás al ser, lo que le daba una silueta dorada y totémica.
Y entonces comenzó a moverse. Sus extremidades superiores se estiraron, extendiéndose hacia el cielo. Abrió sus garras y yuxtapuso sus miembros por encima de su cabeza. Criatura gótica y perversa, alargó su columna y alcanzó un tamaño aún mayor.
Abrió los ojos. Tenía una mirada hegemónica, de absoluto odio y desprecio, capaz de retorcer las entrañas y arancar a los hombres más acérrimos su máscara fingidora para mostrar sus miedos más arcaicos.
Sin previo aviso, contrajo todos los músculos de su rostro y abrió sus fauces en la semi penumbra. Y de ellas surgió un sonido gutural, intenso, silabante. Rugido onomatopéyico y significativo. Y, cuando terminó aquel ritual diario, se levantó de la cama, dejó de bostezar, y se preparó para ir a trabajar. Detestaba madrugar.
El circo de las sombras.
Hará unos años, tomé la misma iniciativa que ahora, iniciar un blog, pero de una forma un tanto diferente. Pretendía ser una historia que ir continuando con cada entrada, pero me aburrí de hacerla pública y abandoné el proyecto. Siempre me he planteado continuar con ella, pero nunca lo he hecho. Tal vez lo haga algún día. Continúa en mi cajón de tareas pendientes. Tal vez solo necesito un empujón.
Aquí os dejo la dirección de aquel primogénito, hermano mayor de Olas de tinta, por si alguien siente curiosidad.
http://www.el-circo-de-las-sombras.blogspot.com.es/
Aquí os dejo la dirección de aquel primogénito, hermano mayor de Olas de tinta, por si alguien siente curiosidad.
http://www.el-circo-de-las-sombras.blogspot.com.es/
Mundo al revés.
Este es probablemente el peor texto que he escrito en mi vida. Pero, como tantos otros, en su momento necesitaba hacerlo, para sacarlo de mi mente.
Vi tus ojos alegres y tu sonrisa azul.
Escuché tu voz amarga y tus suspiros dulces.
Sentí tus manos cariñosas y tus suaves abrazos.
Percibí tu aroma ardiente y tu aliento protector.
Besé tu pelo y acaricié tus labios.
Y mi mundo se volvió del revés,
Y mi yo y mi no yo se convirtieron en tú.
Lo sé, lo sé. Si me lo pedís, no subiré más este tipo de cosas.
Vi tus ojos alegres y tu sonrisa azul.
Escuché tu voz amarga y tus suspiros dulces.
Sentí tus manos cariñosas y tus suaves abrazos.
Percibí tu aroma ardiente y tu aliento protector.
Besé tu pelo y acaricié tus labios.
Y mi mundo se volvió del revés,
Y mi yo y mi no yo se convirtieron en tú.
Lo sé, lo sé. Si me lo pedís, no subiré más este tipo de cosas.
Prince of the Blood
Un gran amigo, y consumado dibujante, me propuso hacer juntos un manga. Yo me encargaría de la trama y los diálogos, y él del dibujo. Teníamos una idea interesante, pero acabó en nada. Escribí este texto meses después, al recordarlo, porque no quería que una historia a la que habíamos dedicado tiempo se olvidara sin pena ni gloria. Esta entrada va por ti, Nox Noctis. Sé que algún día, conmigo o sin mí, lo conseguirás.
La mortecina luz de la luna se filtraba
entre las ramas de los árboles, iluminándole a medias el camino. El
viento, que minutos antes aullaba con un sonido infernal, parecía
haberse parado por completo para contemplar la escena. Pero él no
era consciente de nada. El pobre hombre sólo corría, tropezando
continuamente con las raíces y ramas que quedaban ocultas de la luz,
pero sin permitirse caer. Únicamente era capaz de percibir dos
sonidos. Tal vez porque estaba demasiado asustado para poder sentir
nada más, o tal vez porque el bosque entero se había silenciado
para observar el desenlace de su carrera. Sólo podía percibir sus
jadeos entrecortados, que liberaban nubes blancas al helado aire
nocturno; y los ruidos de su perseguidor. El tamborileo rítmico de
sus patas contra el suelo. Sus gruñidos contenidos por el esfuerzo
de la carrera. El relamer de su lengua entre sus colmillos al
imaginar el festín que se avecinaba. Todo ello se mezclaba en una
algarabía que alimentaba su pánico y permitía a sus piernas sacar
fuerzas de flaqueza para mantener la carrera al menos un minuto más.
El granjero giraba continuamente la
cabeza, como si quisiera verificar cada poco que aquello era
realidad, y no una pesadilla. Cada vez que lo hacía, vislumbraba la
silueta de la bestia tras él, y en el momento en que atravesaba un
espacio por el que se colaban los rayos de la luna e iluminaba al
lobo por completo, emitía un gritito y aumentaba el empuje de sus
saltos. Pero el tiempo pasaba, y sus jadeos se hacían más
pronunciados. Sus pies se volvían más pesados, y cada vez chocaba
con más ramas. Era cuestión de tiempo que el licántropo le
alcanzara.
Ella observaba la escena desde
cuatrocientas yardas de distancia, oculta tras unas rocas en un prado
vacío del bosque. Al ver el rumbo de la persecución, se había
adelantado por un camino secundario hasta el lugar para prepararse.
No se atrevía a estirar los brazos por miedo a que el monstruo la
viera, a pesar de la distancia. Se mantenía con una rodilla incada
en tierra, escuchando únicamente los látidos de su corazón y los
sonidos de la persecución, que le llegaban amortiguados por la
distancia. El frío le atravesaba la ropa y se le clavaba en la piel
como cientos de agujas. Debía mantenerse completamente fija, para
poder apuntar. Apoyada entre el hombro y la roca tras la que se
ocultaba, mantenía una enorme ballesta de 6 palmos de longitud,
preparada para disparar. Estiró el dedo, y lo colocó en el gatillo.
Una voz autoritaria susurró a su lado:
-Aún no.
Ella gruñó, descontenta, y agitó la
cabeza en señal de desaprobación. Unos mechones rubios se soltaron
de la cola de caballo en la que llevaba recogido el pelo, así que
resopló para apartarlos. Giró ligeramente el arma, para mantener al
lobo dentro del blanco. Sabía que solo tendría una oportunidad.
La distancia se acortaba a cada
segundo. Las fuerzas del campesino le abandonaban, y sus pasos se
volvían torpes. El licántropo, a su espalda, al percibir su
debilidad, rugió de satisfacción. La presa, asustada, se unió a él
con un chillido de pánico. Trató de acelerar en un último
esfuerzo, pero se enganchó en una raíz y rodó por el suelo. Su
espalda chocó contra un pino, y allí se mantuvo, sin fuerzas ya
para levantarse. Al verlo, la muchacha afirmó el dedo sobre el
gatillo, pero la voz a su lado la frenó.
-Todavía no.
-Se ha caído. O disparo ahora, o
morirá- le susurró, nerviosa.
-Pues prepárate. Pero si disparas
ahora, moriremos los tres- sabía que tenía razón, y que debía
escucharle. Pero la espera se le hacía insoportable.
Se afianzó la ballesta contra el arma,
y cerró los ojos un momento, concentrándose en su corazón. Debía
disparar entre latidos. Por fin percibió el ritmo, y respiro hondo,
tratando de frenarlo. Pum pum. Observó la escena. El hombre se
apretaba cada vez más contra el árbol, tratando de fundirse con él
para no ser encontrado. Pero aquello era imposible. Pum pum. Frente a
él había un espacio vacío de matorrales, en el que la luna
iluminaba un círculo de hierba y pinocha claramente. Perfecto para
un blanco. Pum pum. El monstruo estaba cada vez más cerca, percibía
su silueta corriendo entre los árboles. Mantuvo la mira apuntando al
pequeño claro. Pum pum. Sólo una oportunidad.
-No te adelantes. Espera al último
segundo, o lo notará.- Pum pum.
El lobo rugió y saltó sobre su presa.
El aldeano se cubrió la cara con los brazos, mientras lanzaba una
mezcla de súplica y grito. Pum pum. Vio el cuerpo de la criatura
alcanzando el claro de luz, cruzando el aire con las garras por
delante. Su blanco. Pum pum. Afianzó el dedo en el gatillo. Pum pum.
-No falles.-Pum pum.
Sólo una oportunidad. Pum pum. Apretó
el gatillo. Pum.
La saeta silbó en el frío aire de la
noche. Entre el ruido del resorte, oyó a su compañero gritarle "muy
pronto". Se levantó, expectante, para ver el resultado.
Vio al lobo con la mandíbula abierta,
justo en frente del campesino, que gimoteaba ocultando el rostro
entre los brazos. El monstruo lanzaba dentelladas sin fuerza,
tratando de alcanzarle con su último aliento. El virote asomaba de
su omoplato izquierdo, y la sangre ya había empapado todo su pelaje.
La cazadora se acercó lentamente, mientras cargaba un segundo virote
en la pesada ballesta por si acaso. Le siguió la silenciosa sombra
de su compañero. Alcanzaron al lobo, que les miraba con una mezcla
de odio y miedo en los ojos. La sangre comenzaba a apelmazarse entre
su pelaje gris, brillando con un tono enfermizo a la luz lunar. Ella
se arrodilló junto a él, y le arrancó la flecha del costado. Un
pequeño chorro de sangre salió, salpicándole el chaleco de cuero.
Sintió una gota caliente alcanzando su mejilla. El lobo moribundo
lanzó un débil gimoteo y agitó penosamente una pata hacia ella. No
supo interpretar si pedía ayuda o trataba de arañarla antes de
morir en señal de venganza.
Se levantó y miró a su compañero:
-Fíjate. Está famélico. Por eso se
arriesgó a perseguir a un humano, por eso tardó tanto en
alcanzarle. Ésta era su última oportunidad de conseguir comida.-
Agitó la cabeza tristemente.
-Ahora ha aprendido quién es el
depredador y quién la presa.- Replicó, mientras desenvainaba la
enorme espada bastarda que colgaba en su espalda- Y si hubieras
disparado un segundo más tarde, le habrías alcanzado el corazón.
Ella resopló y lanzó un último
vistazo a la bestia. Siempre la sorprendía el gran parecido con un
lobo común. Sólo se diferenciaban en el tamaño, ya que éste los
duplicaba fácilmente, y en la anchura de hombros de las patas
delanteras. Podía ver las costillas asomando. Debía llevar sin
comer una semana.
El campesino por fin se atrevió a
apartar las manos del rostro y contemplar la escena. Aún respiraba
aceleradamente por la adrenalina. Su compañero, Jace, se situó
junto al licántropo y alzó la espada.
-Muere, bestia inmunda.
La espada descendió en un veloz arco,
y cercenó de un corte limpio la cabeza, que rodó hasta los pies del
granjero. Éste se arrastró, tratando de huir de ella, con el pánico
aún recorriéndole el cuerpo. Pero se atrevió a abrir la boca y
decir:
-Yo... yo... muchas gracias.
¿Quiénes... quiénes sois?
Jace limpió cuidadosamente la espada
restregándola con la espalda del licántropo, y la envainó de
nuevo. Ella aún sujetaba la enorme ballesta, que se echó al hombro,
mientras Jace respondía:
-Mi nombre es Jace Snow, y ella es
Rose. Somos cazadores de monstruos. Y tú nos debes la vida.
Vacío.
No recuerdo cuándo escribí esto. Cuando todo me abandona, y no me queda nada, me refugio entre los folios en blanco. Ellos siempre escuchan mis historias. Así que se las cuento, hasta que ya no quedan penas en mi interior y puedo volver a reír. En una vieja carpeta de mi ordenador he encontrado uno de esos textos, y por qué no, aquí está.
Siento un vacío desolador en mi
interior. El corazón no me late, el aire no me alcanza los pulmones,
mis lágrimas no mojan mis mejillas y no alivian mi dolor. El engaño
se ha roto, la realidad ha salido a la luz, y el potente destello de
ésta ha cegado mis sentimientos. Ya no siento nada.
Pero en realidad siempre lo supe. Se lo
juré una y otra vez. Cuando acabó, creí que no había sido real,
pero ahora veo que sólo me escondía de la realidad. Vivía una
mentira, y sin embargo llegué a ser feliz en mi ignorancia. Pero
ahora hasta la ignorancia me ha abandonado. Y sólo me queda el
dolor.
Lo que más me atraviesa es la
impotencia. El sentirme inútil e innecesario. No hago falta. La
historia tuvo un final feliz. Ella es feliz. ¿Porqué entonces me
cuesta tanto sonreír?
Cosas que hacer antes de morir
1- Despertar a alguien con un beso.
2- Hacer un viaje sin saber cuánto durará y sólo con lo puesto y lo llevado en una mochila.
3- Tener una charla existencial con un desconocido.
4- Dar un discurso de motivación no programado- Cumplido.
5- Ver un amanecer en la playa.
6- Pasar un fin de año sin relojes ni televisores.
7- Dar una fiesta de despedida antes de mi muerte.
8- Morir con una sonrisa y bellas palabras en los labios.
9- Hacer el amor al aire libre.
10- Ir a París.
11- Pasear toda la noche por Madrid con un amigo.
12- Conseguir que alguien me reconozca por la calle al oir mi nombre.
13- Besar a una mujer bella bajo la lluvia- Cumplido.
14- Decirle a mi hijo las palabras "hijo, en lo que quieras, pero el mejor".
15- Publicar un libro.
16- Llorar de felicidad.
17- Hacer llorar de felicidad a alguien- Cumplido.
18- Cambiar el mundo.
19- Hacer algo que perdure en la historia.
20- Representar una obra de teatro clásica.
21- Hacer llorar a alguien con uno de mis textos.
22- Ganar un torneo de jugger.
2- Hacer un viaje sin saber cuánto durará y sólo con lo puesto y lo llevado en una mochila.
3- Tener una charla existencial con un desconocido.
4- Dar un discurso de motivación no programado- Cumplido.
5- Ver un amanecer en la playa.
6- Pasar un fin de año sin relojes ni televisores.
7- Dar una fiesta de despedida antes de mi muerte.
8- Morir con una sonrisa y bellas palabras en los labios.
9- Hacer el amor al aire libre.
10- Ir a París.
11- Pasear toda la noche por Madrid con un amigo.
12- Conseguir que alguien me reconozca por la calle al oir mi nombre.
13- Besar a una mujer bella bajo la lluvia- Cumplido.
14- Decirle a mi hijo las palabras "hijo, en lo que quieras, pero el mejor".
15- Publicar un libro.
16- Llorar de felicidad.
17- Hacer llorar de felicidad a alguien- Cumplido.
18- Cambiar el mundo.
19- Hacer algo que perdure en la historia.
20- Representar una obra de teatro clásica.
21- Hacer llorar a alguien con uno de mis textos.
22- Ganar un torneo de jugger.
Razones
Este blog es un espacio personal que he tenido la necesidad de crear para expresarme. Mi vida es un caos rutinario bastante curioso, lleno de grandes momentos y algunos malos. Hay pocas constantes en el torbellino de mis pensamientos, y el eje central de todas ellas es la literatura. El amor a la palabra escrita es lo que soy, lo que quiero ser, lo que no puedo evitar ser. Son olas de tinta chocando eternamente contra mi mente, obligándome a escribir. Y, con la comodidad como único objetivo, he decidido crear este pequeño rincón, para tener siempre a mano las ocurrencias que decida subir.
No sé cómo funcionará, ni la clase de entradas que publicaré, ni cada cuánto tiempo una ola alcanzará la orilla. Publicaré fragmentos de textos antiguos, no de los mejores, sino de los que han tenido la suerte de no desaparecer entre los apuntes y los libros desperdigados por mi habitación. Invito a quien lo desee a comentar cualquiera de las entradas, para pedir explicaciones, criticar, animar, consultar, o debatir cualquiera de las ideas.
Sin más dilación, señoras y señores, yo.
No sé cómo funcionará, ni la clase de entradas que publicaré, ni cada cuánto tiempo una ola alcanzará la orilla. Publicaré fragmentos de textos antiguos, no de los mejores, sino de los que han tenido la suerte de no desaparecer entre los apuntes y los libros desperdigados por mi habitación. Invito a quien lo desee a comentar cualquiera de las entradas, para pedir explicaciones, criticar, animar, consultar, o debatir cualquiera de las ideas.
Sin más dilación, señoras y señores, yo.
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