Siento un vacío desolador en mi
interior. El corazón no me late, el aire no me alcanza los pulmones,
mis lágrimas no mojan mis mejillas y no alivian mi dolor. El engaño
se ha roto, la realidad ha salido a la luz, y el potente destello de
ésta ha cegado mis sentimientos. Ya no siento nada.
Pero en realidad siempre lo supe. Se lo
juré una y otra vez. Cuando acabó, creí que no había sido real,
pero ahora veo que sólo me escondía de la realidad. Vivía una
mentira, y sin embargo llegué a ser feliz en mi ignorancia. Pero
ahora hasta la ignorancia me ha abandonado. Y sólo me queda el
dolor.
Lo que más me atraviesa es la
impotencia. El sentirme inútil e innecesario. No hago falta. La
historia tuvo un final feliz. Ella es feliz. ¿Porqué entonces me
cuesta tanto sonreír?
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