martes, 7 de mayo de 2013

Vacío.

No recuerdo cuándo escribí esto. Cuando todo me abandona, y no me queda nada, me refugio entre los folios en blanco. Ellos siempre escuchan mis historias. Así que se las cuento, hasta que ya no quedan penas en mi interior y puedo volver a reír. En una vieja carpeta de mi ordenador he encontrado uno de esos textos, y por qué no, aquí está.

Siento un vacío desolador en mi interior. El corazón no me late, el aire no me alcanza los pulmones, mis lágrimas no mojan mis mejillas y no alivian mi dolor. El engaño se ha roto, la realidad ha salido a la luz, y el potente destello de ésta ha cegado mis sentimientos. Ya no siento nada.
Pero en realidad siempre lo supe. Se lo juré una y otra vez. Cuando acabó, creí que no había sido real, pero ahora veo que sólo me escondía de la realidad. Vivía una mentira, y sin embargo llegué a ser feliz en mi ignorancia. Pero ahora hasta la ignorancia me ha abandonado. Y sólo me queda el dolor.
Lo que más me atraviesa es la impotencia. El sentirme inútil e innecesario. No hago falta. La historia tuvo un final feliz. Ella es feliz. ¿Porqué entonces me cuesta tanto sonreír?

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