lunes, 21 de octubre de 2013

La zona extrema.

  Una vez más, fallo en mi calendario autoimpuesto. Pido disculpas, son cosas que pasan, y continuarán pasando. pero prometo esforzarme más. Mientras tanto, aquí os dejo con un texto basado en el documental "El juego de la muerte". Este documental trata de una repetición de los experimentos de obediencia a la autoridad que realizó el psicólogo Milgram, después de la segunda guerra mundial. Este experimento me hizo pensar, en qué habría hecho yo. A quien le interese el estudio de la mente humana, puede investigar o preguntar sobre ello.
Correo electrónico: olasdetinta@gmail.com
Twitter: @Olasdetinta

Las luces de los focos me deslumbraron al acercarme a la entrada. En mis oídos resonaban el clamor del público y el martilleo de mi corazón. Saqué un bote de tranquilizantes que llevaba en el bolsillo, y me metí un par en la boca. Un encargado con una tablilla entre las manos y un pinganillo en la oreja se acercó y me gritó algo, imposible escucharlo. Me pareció leer en sus labios "10 segundos, prepárese". El volumen de la música aumentó, y los espectadores rugieron con más intensidad. Una mano me empujó, obligándome a entrar. Me sentía como un gladiador atravesando las puertas del coliseo.
Parpadeé varias veces, para adaptarme a la luz deslumbrante del plató. Caminé torpemente hacia mi posición, saludando alrededor. La gente reaccionaba a cada uno de mis gestos, allí era un Dios. El pánico inicial comenzó a pasarse, y pude disfrutar del momento. Hice reverencias a todos lados, y la gente reía a carcajadas. La presentadora me empujó disimuladamente hasta mi sitio, y me sentó ante el panel. Por primera vez, vi para qué estaba ahí. Una larga mesa giratoria me rodeaba, llena de botones para castigar a otro hombre. Me pasaron un taco de tarjetas, con preguntas y respuestas. Y el juego comenzó.
Todas las cámaras me rodeaban, todos me miraban con espectación. Absorbían mis palabras con el ansia con la que un drogadicto recibe su dosis. Yo mismo me sentí en éxtasis. Estaba más brillante que nunca. Era ingenioso, hacía bromas, y el público respondía como una extensión de mí. Era el mejor día de mi vida. Sabía que ese programa nunca se llegaría a retransmitir, pero me daba igual. Era mi primera vez en el mundo de la televisión, y me sentía una estrella.
El concurso fue avanzando. Yo tenía que hacer preguntas a un hombre que se encontraba encerrado en un pequeño habitáculo. Si fallaba, mi deber era pulsar una palanca para que recibiera una descarga, y cada vez mayor. Si él conseguía llegar hasta el final, ganaría un premio de un millón de euros. Aunque como este era solo un programa de ensayo, no recibiría nada. Pero todo era tan real, en aquel momento, que todo eso se olvidaba. Era yo ante las cámaras, ante mis fans. Y me encantaba.
Sin embargo, llegó un momento límite. Mi compañero seguía fallando preguntas, y las descargas iban subiendo de intensidad. Y entonces comenzaron los gritos. Dijo que empezaba a doler, que se rendía, que necesitaba salir. Al principio pensé que solo quería llamar la atención, robarme protagonismo. Así que le devolví la broma, y continué con las preguntas. Pero luego vi que era real. Asustado, miré lo que había hecho. Ya había pulsado 15 palancas, y al otro lado de la mesa aún quedaban más. Miré a la presentadora, un rostro impasible, apremiándome a continuar. Yo deseaba hacerlo. ¿Por qué debía desperdiciar mi mayor momento, por su debilidad? Presioné una palanca más. Ignoré sus gritos, y continué el juego.
Dejó de responder a las preguntas. Yo trataba de chivarle la respuesta, remarcando al leer la alternativa correcta. Pero parecía no darse cuenta. Y así seguimos, un rato más. Un sudor frío cubría mi cuerpo. Ojalá no lo captasen las cámaras. Deseaba continuar, complacer a msi seguidores. A mi alrededor, las luces parecían haberse vuelto tétricas, y los gritos de júbilo de la gente se mezclaban con los alaridos de dolor e ira del concursante, en una sinfonía sádica. Pero yo ya no podía parar. Traté de aislarme de todo, solo leer preguntas y accionar botones.
Llegó la última palanca. El panel giró con un ruido de engranajes para situarla ante mí. Tragué saliva. No sabía si el jugador seguía chillando o no, pero su voz continuaba resonando en mi cabeza. Miré a la presentadora, asustado. Ella me apremió a seguir, pero no me sentía capaz. Y entonces hizo la pregunta terrible.
Se giró hacia las gradas, exclamando: "¿Qué opina el público?".
El plató pareció temblar bajo mis pies. Toda la gente rugió, coreando para que continuase. Ya no podía distinguir sus rostros. Los focos me deslumbraban, solo eran siluetas oscuras, sombras aullantes. Y eran mi sombra. Mis fans, anhelaban verme actuar. No podía fallarles. Así que me incliné sobre el tablero, y con ambas manos, pulsé para dar la descarga de 450 voltios.
El concurso terminó, todos se despidieron. Yo no podía hablar, solo agité la mano con una sonrisa falsa. Sacaron al concursante de la sala, pero no fui capaz de mirarle. Todos salieron, el plató se vació, y se apagaron las luces. Me quedé solo, ante el inmenso panel de colores. Testigo de mis actos, prueba de mi crueldad. Me miré las manos, no paraban de temblar.
Saqué el bote de tranquilizantes de mi bolsillo. Lo hice girar entre mis manos unos segundos, pensativo. Me levanté, miré a las gradas vacías. Comencé a dar vueltas sobre mí mismo, en medio de la oscuridad. Ya no me sentía querido, me habían abandonado. Me utilizaron, se divirtieron a mi costa, y luego me dejaron con las cicatrices de mi alma aún supurantes. Había tenido mi minuto de gloria, y ahora me quedaba una vida de arrepentimiento.
Abrí el bote de pastillas, y las tragué todas.


lunes, 30 de septiembre de 2013

Comission 3

La última comission que ofrecí ya la hice, pero me excedí a nivel técnico y no me es posible publicarla en el blog. De todas formas, la persona que la encargó la recibirá en breves. Así que abro una nueva comission, para el primero que comente. 
Para mis nuevos lectores, explicaré en qué consiste esto. La primera persona que comente en esta entrada, podrá pedirme que escriba un texto de lo que ella quiera. Puede darme un tema, un estilo, un personaje, una frase de inicio o de final, algo en lo que inspirarme... Lo que se le ocurra, y yo trataré de cumplir sus expectativas. Y con el nuevo funcionamiento del blog, no tendrá solo un texto, sino también un dibujo. Si quiere pedirlo por privado, tiene mi correo electrónico abajo.

Correo electrónico: olasdetinta@gmail.com
Twitter: @olasdetinta

domingo, 29 de septiembre de 2013

Voluntad divina

 Después de un tiempo, he regresado. Y no vengo solo. Se ciernen sobre este blog muchas novedades, para darle un poco más de vida. En primer lugar, para facilitar el seguimiento, me he unido a las redes sociales, para facilitar el seguimiento de los interesados. Y además, de ahora en adelante, colaboro con otra artista, que hará dibujos de los textos que yo escriba. Como dice el policía en la última imagen de Casablanca, "presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad". Y a partir de ahora intentaré seguir unos calendarios a la hora de publicar textos, para hacerlo más cómodo a mis lectores. Sin más dilación, aquí os dejo mi última creación, en honor al cumplimiento de los 12 años de una tragedia.
Correo electrónico: olasdetinta@gmail.com
Twitter: @Olasdetinta

La luz del amanecer atravesó la vidriera de la modesta iglesia, descubriendo al sacerdote arrodillado en los escalones del altar. Los primeros feligreses entraron en silencio, repartiéndose por los bancos astillados por los años. Continuó rezando a los pies de un Cristo crucificado, con la pintura descascarillada por la humedad, que ocupaba toda la pared frontal. Cuando el sol terminó de desperezarse, comenzó la misa. El sacerdote habló de espaldas a su rebaño, la mayor parte de la ceremonia en latín, aunque se vio obligado a cambiar al inglés en algunos puntos, para obtener respuesta.
Terminó la liturgia, y se dirigió a su despacho, en la parte de atrás del edificio. Tomó dos cafés solos y fumó un cigarrillo a modo de desayuno. Colgó su raída sotana en un perchero junto a la puerta, y se sentó tras el escritorio. La cafetera, la mesa, y el perchero eran todo el mobiliario, junto a un par de sillas por si recibía visita.
Un cajón chirrió al abrirse y de él extrajo una Santa Biblia. Al abrirla, algunas hojas rotas cayeron al suelo. Las recogió, las colocó en su lugar y comenzó a leer.
Era un hombre mayor, de pelo gris corto y lleno de trasquilones. Su rostro estaba surcado de arrugas, formando eternamente una expresión de disgusto. A este conjunto se sumaba una nariz aguileña y unos labios finos y duros, rodeados por la sombra de una barba de tres días. Sin embargo, hablaba y caminaba con firmeza, con la espalda erguida, ignorando el peso de los años. Era el portador de una misión divina, y no permitía que la edad fuera un obstáculo. Cuando dieron las 8 de la mañana, devolvió el libro a su lugar, se ajustó el alzacuellos y salió a pasear por las concurridas calles de Nueva York.
El cielo estaba gris un día más, por la contaminación de los ruidosos coches que tanto gustan a los negros y los hispanos de Queens y el Bronx. Echó a caminar hacia el centro de la ciudad, dando un rodeo para evitar el barrio judío. Detestaba cruzar fente a los supuestos templos, llenos de avariciosos de nariz torcida.
Hubo un tiempo en que aquel país era una colonia inglesa de hombres valientes, con la fuerza para alzarse en armas e independizarse. Ahora no era más que una sucia ramera abierta de piernas para cualquiera que quisiese pasar. Negros, hispanos, griegos, alemanes. Incluso pretendían reclamar partes de la ciudad como suyas. China Town, Little Italy. No les bastaba con corromper la metrópolis con su presencia, debían tomarla y volverla suya. Traían sus religiones paganas y sus costumbres animales. Todos se escondían bajo una bandera, se creían miembros de una misma nación. Giró una esquina y continuó caminando hacia el centro de Nueva York.
En el principio de los tiempos ya hubo un líder que cometió ese error. Nimrod reunió bajo su torre a todos los hombres, con un mismo idioma. Quiso alcanzar el cielo, unir ambos mundos, y a todas las razas. Y Dios bajó del cielo y destruyó la torre de Babel para sacar a los hombres de su error. Hizo que se dispersaran de nuevo por el mundo. Y ahora, con la llegada del segundo milenio, tropezaban de nuevo con la misma piedra.
Nada podía rivalizar con el poder del Señor. Pero los hombres no dejaban de intentarlo. El sacerdote rezaba cada día para que Cristo les mostrara su lugar en el mundo.
Había alcanzado el distrito financiero de la ciudad, cuando algo le hizo estremecerse. Un sudor frío resbalaba por su espalda. Temblando, miró al cielo.
Un ruido de motor comenzó a crecer, hasta hacerse insoportable. Las nubes se abrieron, y un avión descendió de las alturas.
Hubo un segundo de calma antes del caos. Sólo el avión alteraba la escena, el mundo se paró por un momento. Después, el horror.
Se estrelló contra las dos torres con un ruido ensordecedor. La gente chillaba espantada. Huían, grababan o simplemente observaban, maravillados por la tragedia.
El sacerdote no se movió, no gritó, ni siquiera abrió la boca. Sólo contempló la escena, congelado. Cuando apareció el segundo avión, comenzó a correr en silencio. A su edad, los pulmones y las piernas le ardían a cada paso, pero no bajó del ritmo. Las radios de los coches a su alrededor bramaban informes sobre atentados, terrorismo y musulmanes. Pudo ver el odio fundiéndose con el miedo en los ojos de los espectadores.
Llegó a su Iglesia y abrió el portón. El sol atravesaba todas las vidrieras, iluminando de pleno el rostro del Cristo colgado sobre el altar. Comenzó a recorrer el pasillo lentamente, recitando con voz ahogada:
-Génesis 11.Y dijo Yahveh:"he aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible.-Tragó saliva, y continuó- Bajemos, pues, y una vez allí destruyamos su torre y confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo".
Alcanzó el altar, y subió los peldaños de uno en uno. Lo rodeó y se situó frente al crucifijo.
-Señor, los hombres de distinta raza nunca más podrán mirarse a los ojos sin desconfianza. Tu rebaño jamás volverá a entenderse, el resentimiento será una eterna espina entre ellos. Acusaciones silenciosas tras sonrisas frías. ¿Es esta tu voluntad?
Miró el rostro de Jesucristo, esperando una respuesta. Ante el silencio de Dios, se abrazó a sus pies y rompió a llorar.


sábado, 17 de agosto de 2013

Muerte.

 Hoy he vuelto a ver la película "¿Conoces a Joe Black?" y me ha inspirado para escribir este texto. Llevaba unos días sin ser capaz de redactar nada, y me ha alegrado recuperar el ritmo. Espero poder mantenerlo de ahora en adelante, aunque no prometo nada.

Giró entre sus dedos la suave hoja del cuchillo. Se dejó conmover una noche más por el brillo acerado de su filo a la luz de la luna. La maravillaba la fría elegancia del metal. Tan bello, tan mortal...
Se alejó un poco más de la luz de las farolas, hundiéndose en las sombras del callejón. Acurrucada en una esquina, jugueteando con el instrumento, se mordió el labio. Hacía demasiado tiempo que no se veían, estaba nerviosa. Le había echado tanto de menos que no podía contener la emoción. Deseaba causarle una buena impresión. Se atusó el pelo, preocupada, y alisó las arrugas que se habían formado en su vestido plateado, después de tanto tiempo oculta en aquel oscuro bocacalle. Era el mismo que había llevado la última vez que se vieron, esperaba que ese detalle le gustara.
Al fin, después de horas de espera, un hombre cruzó la noche. Por fin tenía su oportunidad. Amparada en las sombras, esperó a que se alejara del círculo de luz de la última bombilla y se acercara todo lo posible. Cuando al fin el transeunte le dio la espalda, saltó de su escondite y le agarró por la espalda. Antes de que pudiera reaccionar, apoyó con delicadeza el brillo plateado contra su garganta y la acarició con ternura. El hombre se derrumbó de rodillas, tratando de sujetar las cascadas de sangre que bajaban por su pecho. Ella le tumbó con cuidado en la acera, susurrándole disculpas al oído. Le arregló el flequillo con amor y le apoyó la cabeza en su regazo. Por fin iba a verle, después de tanta espera.
El desconocido la miró con terror, trató de apartarla de sí, pero ella le sujetó. No le quedaban fuerzas, no podía huir. El cuchillo había quedado olvidado a un lado. Ya no reflejaba la luz acerosa, ahora el escarlata de su hoja absorbía su brillo. La sangre fue frenando su flujo que acababa en la falda de ella. Y por fin llegó el momento. La luna parecía brillar con más intensidad para recibirlo. El pánico desapareció de los ojos del desgraciado transeunte. Y ahí estaba. Después de tanto tiempo separados, pudo mirar a los ojos del moribundo y verle.
En ese último aliento de vida, la Muerte invadió su cuerpo para llevárselo consigo, y durante un segundo pudieron mirarse en silencio. Sin palabras, se dijeron todo lo que deseaban. En la oscuridad, se prometieron el mundo entero. Ella se inclinó y le besó con todo su amor. Pudo sentir cómo exalaba su último suspiro al separar sus labios del cadáver. Le había echado de menos, pero ahora él volvía a partir.
Le acarició el pelo con amor unos minutos más. No sabía el nombre de la persona que acunaba en su regazo, pero por unos instantes había sido el recipiente de su amado, y siempre le estaría agradecida.
El cuchillo ahora se teñía del negro absoluto de la sangre seca.

miércoles, 26 de junio de 2013

Atrapado

Últimamente no publico nada. Y no es porque haya olvidado este sitio, sino porque no escribo nada. Tengo muchas cosas en la cabeza, y a la vez ninguna. Vivo atascado en la rutina, y no consigo escapar de ella. Pero no pienso permitir que esto continúe por mucho tiempo, y esta entrada es una toma de realidad para mí. O eso espero.

Terminó la partida y la palabra "VICTORIA" apareció en enormes letras azules en la pantalla del ordenador. Una sensación de conformidad me recorría. Pero no era felicidad.
Había perdido 50 minutos de mi vida en aquella partida, y ahora acababa con un resultado favorable y ni siquiera era capaz de sonreír. La imagen se oscureció unos momentos mientras cargaba de nuevo el menú principal del juego y con eso conseguí unos momentos para pensar libremente. No sabía por qué jugaba. Hacía mucho que no disfrutaba con ello, solo me entretenía mínimamente, me hacía gastar mi tiempo sin ningún resultado. No tenía razón para continuar, no lograba nada. Había cientos de cosas que deseaba hacer, sueños que quería cumplir, y cualquier momento era bueno para comenzar. El mundo giraba a mi alrededor y yo continuaba sentado en el centro, anclado, dejándolo pasar sin prestarle atención. Pero aquello no debía continuar. Anhelaba levantarme y brillar, cumplir todas mis metas, disfrutar de la verdadera vida.
La imagen cargó por fin, y la pantalla se aclaró. La miré fijamente unos segundos. Sin alterar un solo músculo de mi rostro para reflejar la dualidad interna que me invadía, comencé una nueva partida.

domingo, 2 de junio de 2013

Vida vacía

Quiero pedir disculpas a todos mis lectores (sí, a los 2) por este período de inactividad. Teniendo en cuenta el escaso tiempo que este blog lleva funcionando, es un poco pronto para empezar a permitirme descansos. Pero ahora mismo me encuentro en el centro de la vorágine que son los exámenes universitarios, y mis ocupaciones se reducen a estudiar, y a hacer cualquier estupidez mientras me arrepiento de no estar estudiando. Sin embargo, no quiero que creais que tengo este lugar olvidado, y ya que no puedo dedicar mis ratos libres a escribir nuevo material, lo dedico a planearlo. Por tanto, este verano espero sorprenderos con curiosas novedades.
Mientras tanto, aquí os dejo la que fue mi primera incursión en el mundo de la poesía. Me ayudó a valorar más este género, y a comprobar la dificultad de utilizarlo. No es un texto ni medio decente, pero me he prometido subir todo lo que escriba que no sea de una longitud excesiva aquí.

Rosa fría, marchita,
el tiempo afila tus espinas.
Pétalos que caen, colores que palidecen,
tu hermosura y alegría perecen.

No me abandones, te necesito,
no puedo vivir sin tu cariño.
Quédate conmigo, mi corazón,
la vida no tiene sentido sin amor.

jueves, 16 de mayo de 2013

Comission 2

Después del resultado obtenido con la primera comission, he decidido repetir el proceso y establecerlo como una sección habitual. Irregularmente abriré nuevos espacios donde, por el mismo proceso, la primera persona que comente podrá pedirme que escriba el texto que le guste. Puede darme un tema, un estilo narrativo, una frase de inicio o de final, un personaje... esa parte os toca a vosotros. 
Esto no significa que deje de lado mis entradas habituales, simplemente es una forma de interactuar con los lectores para manteneros enganchados mientras intento trabajar en mis propias ideas.