Hoy he vuelto a ver la película "¿Conoces a Joe Black?" y me ha inspirado para escribir este texto. Llevaba unos días sin ser capaz de redactar nada, y me ha alegrado recuperar el ritmo. Espero poder mantenerlo de ahora en adelante, aunque no prometo nada.
Giró entre sus dedos la suave hoja del
cuchillo. Se dejó conmover una noche más por el brillo acerado de
su filo a la luz de la luna. La maravillaba la fría elegancia del metal. Tan bello, tan mortal...
Se alejó un poco más de la luz de las
farolas, hundiéndose en las sombras del callejón. Acurrucada en una
esquina, jugueteando con el instrumento, se mordió el labio. Hacía
demasiado tiempo que no se veían, estaba nerviosa. Le había echado
tanto de menos que no podía contener la emoción. Deseaba causarle
una buena impresión. Se atusó el pelo, preocupada, y alisó las
arrugas que se habían formado en su vestido plateado, después de
tanto tiempo oculta en aquel oscuro bocacalle. Era el mismo que había
llevado la última vez que se vieron, esperaba que ese detalle le
gustara.
Al fin, después de horas de espera, un
hombre cruzó la noche. Por fin tenía su oportunidad. Amparada en
las sombras, esperó a que se alejara del círculo de luz de la
última bombilla y se acercara todo lo posible. Cuando al fin el
transeunte le dio la espalda, saltó de su escondite y le agarró por
la espalda. Antes de que pudiera reaccionar, apoyó con delicadeza el
brillo plateado contra su garganta y la acarició con ternura. El
hombre se derrumbó de rodillas, tratando de sujetar las cascadas de
sangre que bajaban por su pecho. Ella le tumbó con cuidado en la
acera, susurrándole disculpas al oído. Le arregló el flequillo con
amor y le apoyó la cabeza en su regazo. Por fin iba a verle, después
de tanta espera.
El desconocido la miró con terror,
trató de apartarla de sí, pero ella le sujetó. No le quedaban
fuerzas, no podía huir. El cuchillo había quedado olvidado a un
lado. Ya no reflejaba la luz acerosa, ahora el escarlata de su hoja
absorbía su brillo. La sangre fue frenando su flujo que acababa en
la falda de ella. Y por fin llegó el momento. La luna parecía
brillar con más intensidad para recibirlo. El pánico desapareció
de los ojos del desgraciado transeunte. Y ahí estaba. Después de
tanto tiempo separados, pudo mirar a los ojos del moribundo y verle.
En ese último aliento de vida, la
Muerte invadió su cuerpo para llevárselo consigo, y durante un
segundo pudieron mirarse en silencio. Sin palabras, se dijeron todo
lo que deseaban. En la oscuridad, se prometieron el mundo entero.
Ella se inclinó y le besó con todo su amor. Pudo sentir cómo
exalaba su último suspiro al separar sus labios del cadáver. Le
había echado de menos, pero ahora él volvía a partir.
Le acarició el pelo con amor unos
minutos más. No sabía el nombre de la persona que acunaba en su
regazo, pero por unos instantes había sido el recipiente de su
amado, y siempre le estaría agradecida.
El cuchillo ahora se teñía del negro
absoluto de la sangre seca.