Hará un tiempo, escribí un texto gemelo a este y me agradó el resultado. Sin embargo, lo regalé a alguien muy importante, y aunque no me arrepiento de haberlo hecho, porque sé que lo conservará perfectamente aunque lo haya olvidado, decidí tratar de replicarlo en un ejercicio del taller de escritura creativa en que he estado participando este último año. Había que utilizar un listado de palabras poco convencionales. Dedico esta entrada a la persona que posee el texto en cuestión. Cuídalo, es una parte de mí.
Llegó el alba, y con él comenzó su despertar. Se alzó poco a poco, aún envuelta por completo en sombras, una figura babélica y turbadora creciendo lentamente. Alcanzó su tamaño máximo, ser quimérico y misterioso. Una y otra vez se repetía aquel ritual rúnico y ancestral de forma inevitable. El sol alcanzó la altura suficiente, iluminando por detrás al ser, lo que le daba una silueta dorada y totémica.
Y entonces comenzó a moverse. Sus extremidades superiores se estiraron, extendiéndose hacia el cielo. Abrió sus garras y yuxtapuso sus miembros por encima de su cabeza. Criatura gótica y perversa, alargó su columna y alcanzó un tamaño aún mayor.
Abrió los ojos. Tenía una mirada hegemónica, de absoluto odio y desprecio, capaz de retorcer las entrañas y arancar a los hombres más acérrimos su máscara fingidora para mostrar sus miedos más arcaicos.
Sin previo aviso, contrajo todos los músculos de su rostro y abrió sus fauces en la semi penumbra. Y de ellas surgió un sonido gutural, intenso, silabante. Rugido onomatopéyico y significativo. Y, cuando terminó aquel ritual diario, se levantó de la cama, dejó de bostezar, y se preparó para ir a trabajar. Detestaba madrugar.
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