miércoles, 8 de mayo de 2013

Palabras, palabras, palabras.

Ahora que este ejercicio de recuperación y selección de antiguos textos me está haciendo volver la vista atrás, me doy cuenta de lo mucho que he razonado siempre sobre por qué escribo. Es curioso cuánto tiempo podemos dedicarle algo sin avanzar absolutamente nada. La gente a la que le dedico esta entrada lo sabrá cuando la lea. Los que me han ayudado en mi fútil intento.


Mi cerebro se negaba a funcionar. Mis dedos tiemblan, se agitan, clavan sus uñas furiosos contra las palmas de mis manos. Están deseando escribir. Todo mi ser lo desea. Y, sin embargo, me sentía seco. No conseguía formular ninguna idea ni siquiera mínimamente decente. Así me encuentro, tratando de redactar algo interesante para calmar mis ánimos, y sin embargo he estado a punto de repetir las palabras “mínimamente decente” en 2 líneas seguidas. Me he vuelto una criatura patética.
Y sin embargo, en cuanto alguna circunstancia me hace parar de escribir, soy incapaz de hablar, se me acelera el pulso, me angustio. Necesito continuar con esto. Es como una droga que me consume desde mi interior. Y casi vuelvo a reutilizar el verbo “necesitar”. Debería dejarlo ahora, que aún estoy a tiempo.
Nunca he entendido lo que significa escribir para mí. Siempre he creído que era algo que se me daba bien de forma natural. Y ahora uso las palabras “nunca” y “siempre” en frases consecutivas. Uno de mis sueños es llegar a ser un famoso escritor. En realidad la fama en sí misma me importa un bledo, pero quiero ser lo bastante bueno como para ser conocido. Pero soy incapaz de sentarme a escribir hasta que una idea lo bastante buena me obsesiona. Mi constancia es completamente nula, mi dedicación, inexistente. Solo tengo motivación, y ahora comienza a escasear. Y, para colmo de males, repito la fórmula “y ahora”.
He conocido a muchos escritores amateur estos últimos años. Parece que todos los jóvenes de hoy en día se consideran artistas de la prosa. Me pregunto hasta qué punto la educación actual nos condiciona a ello. Desde que comencé la carrera de psicología, le doy mucha más importancia a la educación. Tal vez yo no sea diferente a ellos. Pero cuando me entregan sus textos a leer con los ojos brillantes de la emoción y veo todos sus errores, no puedo soportar esa idea. No puedo ser como ellos. Pero ¿Cómo voy a ser superior, si no puedo escribir?. Y repito otra vez el nexo “pero”. Qué catastrófico.
Hubo una vez una preciosa mujer, de las pocas personas jóvenes a las que respeto como escritora, que me preguntó por qué me obsesiono con ser escritor si está claro que no me gusta escribir. Me partió el corazón. Hay muchos que me han apoyado, que me han alabado. No recuerdo cómo se escribe “alabado”. Algunos de ellos incluso valían la pena. Pero lo que ella dijo sonó tan real que me desgarró el alma. Unos años después vi la obra de teato de “La gaviota”. No creo que exista una pieza mejor. Tal vez sea por lo que significa para mí.
Hay dos grandes personajes. Uno es un hombre de prestigio que, aunque no lo desea, su talento para escribir lo esclaviza. Cada vez que termina un libro se ve obligado a escribir otro, sin darse un descanso, porque su conciencia le impide desperdiciar su don. Y, sin embargo, odia todo lo que redacta. Él jamás escribiría tantas veces seguidas la conjunción “sin embargo”.
El otro es un joven talento, incapaz de adaptarse a las formas actuales, que escribe por el amor a la literatura, y que continuamente intenta innovar cuando escribe, pero siempre le falta algo. Hay algo que le impide escribir grandes obras y hacerse famoso. Y acaba con el suicidio por amor. Ambos grandes personajes. Ambos yo. No sé a quién me parezco.
Un buen amigo me insiste continuamente en que mi problema es que no sé el nombre de mi musa. Por eso ella me ignora cuando la necesito, porque no puedo llamarla. No sé si está completamente loco, o es la persona más inteligente que conozco. Pero si sé que mi musa no me permitiría usar en 3 oraciones las palabras “no sé”.
Desconozco lo que quiero. Tampoco consigo averiguar quién soy. Pero, si estás ahí, por el amor de Dios, dame algo. Una idea, una imagen, un esbozo. Un beso que hinche mi pecho y me dé fuerzas para continuar. Por favor. Sólo eso. De verdad que deseo escribir. “De verdad que”, tan grotesco...

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