Mi cerebro se negaba a funcionar. Mis
dedos tiemblan, se agitan, clavan sus uñas furiosos contra las
palmas de mis manos. Están deseando escribir. Todo mi ser lo desea.
Y, sin embargo, me sentía seco. No conseguía formular ninguna idea
ni siquiera mínimamente decente. Así me encuentro, tratando de
redactar algo interesante para calmar mis ánimos, y sin embargo he
estado a punto de repetir las palabras “mínimamente decente” en
2 líneas seguidas. Me he vuelto una criatura patética.
Y sin embargo, en cuanto alguna
circunstancia me hace parar de escribir, soy incapaz de hablar, se me
acelera el pulso, me angustio. Necesito continuar con esto. Es como
una droga que me consume desde mi interior. Y casi vuelvo a
reutilizar el verbo “necesitar”. Debería dejarlo ahora, que aún
estoy a tiempo.
Nunca he entendido lo que significa
escribir para mí. Siempre he creído que era algo que se me daba
bien de forma natural. Y ahora uso las palabras “nunca” y
“siempre” en frases consecutivas. Uno de mis sueños es llegar a
ser un famoso escritor. En realidad la fama en sí misma me importa
un bledo, pero quiero ser lo bastante bueno como para ser conocido.
Pero soy incapaz de sentarme a escribir hasta que una idea lo
bastante buena me obsesiona. Mi constancia es completamente nula, mi
dedicación, inexistente. Solo tengo motivación, y ahora comienza a
escasear. Y, para colmo de males, repito la fórmula “y ahora”.
He conocido a muchos escritores amateur
estos últimos años. Parece que todos los jóvenes de hoy en día se
consideran artistas de la prosa. Me pregunto hasta qué punto la
educación actual nos condiciona a ello. Desde que comencé la
carrera de psicología, le doy mucha más importancia a la educación.
Tal vez yo no sea diferente a ellos. Pero cuando me entregan sus
textos a leer con los ojos brillantes de la emoción y veo todos sus
errores, no puedo soportar esa idea. No puedo ser como ellos. Pero
¿Cómo voy a ser superior, si no puedo escribir?. Y repito otra vez
el nexo “pero”. Qué catastrófico.
Hubo una vez una preciosa mujer, de las
pocas personas jóvenes a las que respeto como escritora, que me
preguntó por qué me obsesiono con ser escritor si está claro que
no me gusta escribir. Me partió el corazón. Hay muchos que me han
apoyado, que me han alabado. No recuerdo cómo se escribe “alabado”.
Algunos de ellos incluso valían la pena. Pero lo que ella dijo sonó
tan real que me desgarró el alma. Unos años después vi la obra de
teato de “La gaviota”. No creo que exista una pieza mejor. Tal
vez sea por lo que significa para mí.
Hay dos grandes personajes. Uno es un
hombre de prestigio que, aunque no lo desea, su talento para escribir
lo esclaviza. Cada vez que termina un libro se ve obligado a escribir
otro, sin darse un descanso, porque su conciencia le impide
desperdiciar su don. Y, sin embargo, odia todo lo que redacta. Él
jamás escribiría tantas veces seguidas la conjunción “sin
embargo”.
El otro es un joven talento, incapaz de
adaptarse a las formas actuales, que escribe por el amor a la
literatura, y que continuamente intenta innovar cuando escribe, pero
siempre le falta algo. Hay algo que le impide escribir grandes obras
y hacerse famoso. Y acaba con el suicidio por amor. Ambos grandes
personajes. Ambos yo. No sé a quién me parezco.
Un buen amigo me insiste continuamente
en que mi problema es que no sé el nombre de mi musa. Por eso ella
me ignora cuando la necesito, porque no puedo llamarla. No sé si
está completamente loco, o es la persona más inteligente que
conozco. Pero si sé que mi musa no me permitiría usar en 3
oraciones las palabras “no sé”.
Desconozco lo que quiero. Tampoco
consigo averiguar quién soy. Pero, si estás ahí, por el amor de
Dios, dame algo. Una idea, una imagen, un esbozo. Un beso que hinche
mi pecho y me dé fuerzas para continuar. Por favor. Sólo eso. De
verdad que deseo escribir. “De verdad que”, tan grotesco...
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