La mortecina luz de la luna se filtraba
entre las ramas de los árboles, iluminándole a medias el camino. El
viento, que minutos antes aullaba con un sonido infernal, parecía
haberse parado por completo para contemplar la escena. Pero él no
era consciente de nada. El pobre hombre sólo corría, tropezando
continuamente con las raíces y ramas que quedaban ocultas de la luz,
pero sin permitirse caer. Únicamente era capaz de percibir dos
sonidos. Tal vez porque estaba demasiado asustado para poder sentir
nada más, o tal vez porque el bosque entero se había silenciado
para observar el desenlace de su carrera. Sólo podía percibir sus
jadeos entrecortados, que liberaban nubes blancas al helado aire
nocturno; y los ruidos de su perseguidor. El tamborileo rítmico de
sus patas contra el suelo. Sus gruñidos contenidos por el esfuerzo
de la carrera. El relamer de su lengua entre sus colmillos al
imaginar el festín que se avecinaba. Todo ello se mezclaba en una
algarabía que alimentaba su pánico y permitía a sus piernas sacar
fuerzas de flaqueza para mantener la carrera al menos un minuto más.
El granjero giraba continuamente la
cabeza, como si quisiera verificar cada poco que aquello era
realidad, y no una pesadilla. Cada vez que lo hacía, vislumbraba la
silueta de la bestia tras él, y en el momento en que atravesaba un
espacio por el que se colaban los rayos de la luna e iluminaba al
lobo por completo, emitía un gritito y aumentaba el empuje de sus
saltos. Pero el tiempo pasaba, y sus jadeos se hacían más
pronunciados. Sus pies se volvían más pesados, y cada vez chocaba
con más ramas. Era cuestión de tiempo que el licántropo le
alcanzara.
Ella observaba la escena desde
cuatrocientas yardas de distancia, oculta tras unas rocas en un prado
vacío del bosque. Al ver el rumbo de la persecución, se había
adelantado por un camino secundario hasta el lugar para prepararse.
No se atrevía a estirar los brazos por miedo a que el monstruo la
viera, a pesar de la distancia. Se mantenía con una rodilla incada
en tierra, escuchando únicamente los látidos de su corazón y los
sonidos de la persecución, que le llegaban amortiguados por la
distancia. El frío le atravesaba la ropa y se le clavaba en la piel
como cientos de agujas. Debía mantenerse completamente fija, para
poder apuntar. Apoyada entre el hombro y la roca tras la que se
ocultaba, mantenía una enorme ballesta de 6 palmos de longitud,
preparada para disparar. Estiró el dedo, y lo colocó en el gatillo.
Una voz autoritaria susurró a su lado:
-Aún no.
Ella gruñó, descontenta, y agitó la
cabeza en señal de desaprobación. Unos mechones rubios se soltaron
de la cola de caballo en la que llevaba recogido el pelo, así que
resopló para apartarlos. Giró ligeramente el arma, para mantener al
lobo dentro del blanco. Sabía que solo tendría una oportunidad.
La distancia se acortaba a cada
segundo. Las fuerzas del campesino le abandonaban, y sus pasos se
volvían torpes. El licántropo, a su espalda, al percibir su
debilidad, rugió de satisfacción. La presa, asustada, se unió a él
con un chillido de pánico. Trató de acelerar en un último
esfuerzo, pero se enganchó en una raíz y rodó por el suelo. Su
espalda chocó contra un pino, y allí se mantuvo, sin fuerzas ya
para levantarse. Al verlo, la muchacha afirmó el dedo sobre el
gatillo, pero la voz a su lado la frenó.
-Todavía no.
-Se ha caído. O disparo ahora, o
morirá- le susurró, nerviosa.
-Pues prepárate. Pero si disparas
ahora, moriremos los tres- sabía que tenía razón, y que debía
escucharle. Pero la espera se le hacía insoportable.
Se afianzó la ballesta contra el arma,
y cerró los ojos un momento, concentrándose en su corazón. Debía
disparar entre latidos. Por fin percibió el ritmo, y respiro hondo,
tratando de frenarlo. Pum pum. Observó la escena. El hombre se
apretaba cada vez más contra el árbol, tratando de fundirse con él
para no ser encontrado. Pero aquello era imposible. Pum pum. Frente a
él había un espacio vacío de matorrales, en el que la luna
iluminaba un círculo de hierba y pinocha claramente. Perfecto para
un blanco. Pum pum. El monstruo estaba cada vez más cerca, percibía
su silueta corriendo entre los árboles. Mantuvo la mira apuntando al
pequeño claro. Pum pum. Sólo una oportunidad.
-No te adelantes. Espera al último
segundo, o lo notará.- Pum pum.
El lobo rugió y saltó sobre su presa.
El aldeano se cubrió la cara con los brazos, mientras lanzaba una
mezcla de súplica y grito. Pum pum. Vio el cuerpo de la criatura
alcanzando el claro de luz, cruzando el aire con las garras por
delante. Su blanco. Pum pum. Afianzó el dedo en el gatillo. Pum pum.
-No falles.-Pum pum.
Sólo una oportunidad. Pum pum. Apretó
el gatillo. Pum.
La saeta silbó en el frío aire de la
noche. Entre el ruido del resorte, oyó a su compañero gritarle "muy
pronto". Se levantó, expectante, para ver el resultado.
Vio al lobo con la mandíbula abierta,
justo en frente del campesino, que gimoteaba ocultando el rostro
entre los brazos. El monstruo lanzaba dentelladas sin fuerza,
tratando de alcanzarle con su último aliento. El virote asomaba de
su omoplato izquierdo, y la sangre ya había empapado todo su pelaje.
La cazadora se acercó lentamente, mientras cargaba un segundo virote
en la pesada ballesta por si acaso. Le siguió la silenciosa sombra
de su compañero. Alcanzaron al lobo, que les miraba con una mezcla
de odio y miedo en los ojos. La sangre comenzaba a apelmazarse entre
su pelaje gris, brillando con un tono enfermizo a la luz lunar. Ella
se arrodilló junto a él, y le arrancó la flecha del costado. Un
pequeño chorro de sangre salió, salpicándole el chaleco de cuero.
Sintió una gota caliente alcanzando su mejilla. El lobo moribundo
lanzó un débil gimoteo y agitó penosamente una pata hacia ella. No
supo interpretar si pedía ayuda o trataba de arañarla antes de
morir en señal de venganza.
Se levantó y miró a su compañero:
-Fíjate. Está famélico. Por eso se
arriesgó a perseguir a un humano, por eso tardó tanto en
alcanzarle. Ésta era su última oportunidad de conseguir comida.-
Agitó la cabeza tristemente.
-Ahora ha aprendido quién es el
depredador y quién la presa.- Replicó, mientras desenvainaba la
enorme espada bastarda que colgaba en su espalda- Y si hubieras
disparado un segundo más tarde, le habrías alcanzado el corazón.
Ella resopló y lanzó un último
vistazo a la bestia. Siempre la sorprendía el gran parecido con un
lobo común. Sólo se diferenciaban en el tamaño, ya que éste los
duplicaba fácilmente, y en la anchura de hombros de las patas
delanteras. Podía ver las costillas asomando. Debía llevar sin
comer una semana.
El campesino por fin se atrevió a
apartar las manos del rostro y contemplar la escena. Aún respiraba
aceleradamente por la adrenalina. Su compañero, Jace, se situó
junto al licántropo y alzó la espada.
-Muere, bestia inmunda.
La espada descendió en un veloz arco,
y cercenó de un corte limpio la cabeza, que rodó hasta los pies del
granjero. Éste se arrastró, tratando de huir de ella, con el pánico
aún recorriéndole el cuerpo. Pero se atrevió a abrir la boca y
decir:
-Yo... yo... muchas gracias.
¿Quiénes... quiénes sois?
Jace limpió cuidadosamente la espada
restregándola con la espalda del licántropo, y la envainó de
nuevo. Ella aún sujetaba la enorme ballesta, que se echó al hombro,
mientras Jace respondía:
-Mi nombre es Jace Snow, y ella es
Rose. Somos cazadores de monstruos. Y tú nos debes la vida.
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