martes, 7 de mayo de 2013

Prince of the Blood

Un gran amigo, y consumado dibujante, me propuso hacer juntos un manga. Yo me encargaría de la trama y los diálogos, y él del dibujo. Teníamos una idea interesante, pero acabó en nada. Escribí este texto meses después, al recordarlo, porque no quería que una historia a la que habíamos dedicado tiempo se olvidara sin pena ni gloria. Esta entrada va por ti, Nox Noctis. Sé que algún día, conmigo o sin mí, lo conseguirás.

La mortecina luz de la luna se filtraba entre las ramas de los árboles, iluminándole a medias el camino. El viento, que minutos antes aullaba con un sonido infernal, parecía haberse parado por completo para contemplar la escena. Pero él no era consciente de nada. El pobre hombre sólo corría, tropezando continuamente con las raíces y ramas que quedaban ocultas de la luz, pero sin permitirse caer. Únicamente era capaz de percibir dos sonidos. Tal vez porque estaba demasiado asustado para poder sentir nada más, o tal vez porque el bosque entero se había silenciado para observar el desenlace de su carrera. Sólo podía percibir sus jadeos entrecortados, que liberaban nubes blancas al helado aire nocturno; y los ruidos de su perseguidor. El tamborileo rítmico de sus patas contra el suelo. Sus gruñidos contenidos por el esfuerzo de la carrera. El relamer de su lengua entre sus colmillos al imaginar el festín que se avecinaba. Todo ello se mezclaba en una algarabía que alimentaba su pánico y permitía a sus piernas sacar fuerzas de flaqueza para mantener la carrera al menos un minuto más.
El granjero giraba continuamente la cabeza, como si quisiera verificar cada poco que aquello era realidad, y no una pesadilla. Cada vez que lo hacía, vislumbraba la silueta de la bestia tras él, y en el momento en que atravesaba un espacio por el que se colaban los rayos de la luna e iluminaba al lobo por completo, emitía un gritito y aumentaba el empuje de sus saltos. Pero el tiempo pasaba, y sus jadeos se hacían más pronunciados. Sus pies se volvían más pesados, y cada vez chocaba con más ramas. Era cuestión de tiempo que el licántropo le alcanzara.

Ella observaba la escena desde cuatrocientas yardas de distancia, oculta tras unas rocas en un prado vacío del bosque. Al ver el rumbo de la persecución, se había adelantado por un camino secundario hasta el lugar para prepararse. No se atrevía a estirar los brazos por miedo a que el monstruo la viera, a pesar de la distancia. Se mantenía con una rodilla incada en tierra, escuchando únicamente los látidos de su corazón y los sonidos de la persecución, que le llegaban amortiguados por la distancia. El frío le atravesaba la ropa y se le clavaba en la piel como cientos de agujas. Debía mantenerse completamente fija, para poder apuntar. Apoyada entre el hombro y la roca tras la que se ocultaba, mantenía una enorme ballesta de 6 palmos de longitud, preparada para disparar. Estiró el dedo, y lo colocó en el gatillo. Una voz autoritaria susurró a su lado:
-Aún no.
Ella gruñó, descontenta, y agitó la cabeza en señal de desaprobación. Unos mechones rubios se soltaron de la cola de caballo en la que llevaba recogido el pelo, así que resopló para apartarlos. Giró ligeramente el arma, para mantener al lobo dentro del blanco. Sabía que solo tendría una oportunidad.
La distancia se acortaba a cada segundo. Las fuerzas del campesino le abandonaban, y sus pasos se volvían torpes. El licántropo, a su espalda, al percibir su debilidad, rugió de satisfacción. La presa, asustada, se unió a él con un chillido de pánico. Trató de acelerar en un último esfuerzo, pero se enganchó en una raíz y rodó por el suelo. Su espalda chocó contra un pino, y allí se mantuvo, sin fuerzas ya para levantarse. Al verlo, la muchacha afirmó el dedo sobre el gatillo, pero la voz a su lado la frenó.
-Todavía no.
-Se ha caído. O disparo ahora, o morirá- le susurró, nerviosa.
-Pues prepárate. Pero si disparas ahora, moriremos los tres- sabía que tenía razón, y que debía escucharle. Pero la espera se le hacía insoportable.
Se afianzó la ballesta contra el arma, y cerró los ojos un momento, concentrándose en su corazón. Debía disparar entre latidos. Por fin percibió el ritmo, y respiro hondo, tratando de frenarlo. Pum pum. Observó la escena. El hombre se apretaba cada vez más contra el árbol, tratando de fundirse con él para no ser encontrado. Pero aquello era imposible. Pum pum. Frente a él había un espacio vacío de matorrales, en el que la luna iluminaba un círculo de hierba y pinocha claramente. Perfecto para un blanco. Pum pum. El monstruo estaba cada vez más cerca, percibía su silueta corriendo entre los árboles. Mantuvo la mira apuntando al pequeño claro. Pum pum. Sólo una oportunidad.
-No te adelantes. Espera al último segundo, o lo notará.- Pum pum.
El lobo rugió y saltó sobre su presa. El aldeano se cubrió la cara con los brazos, mientras lanzaba una mezcla de súplica y grito. Pum pum. Vio el cuerpo de la criatura alcanzando el claro de luz, cruzando el aire con las garras por delante. Su blanco. Pum pum. Afianzó el dedo en el gatillo. Pum pum.
-No falles.-Pum pum.
Sólo una oportunidad. Pum pum. Apretó el gatillo. Pum.
La saeta silbó en el frío aire de la noche. Entre el ruido del resorte, oyó a su compañero gritarle "muy pronto". Se levantó, expectante, para ver el resultado.
Vio al lobo con la mandíbula abierta, justo en frente del campesino, que gimoteaba ocultando el rostro entre los brazos. El monstruo lanzaba dentelladas sin fuerza, tratando de alcanzarle con su último aliento. El virote asomaba de su omoplato izquierdo, y la sangre ya había empapado todo su pelaje. La cazadora se acercó lentamente, mientras cargaba un segundo virote en la pesada ballesta por si acaso. Le siguió la silenciosa sombra de su compañero. Alcanzaron al lobo, que les miraba con una mezcla de odio y miedo en los ojos. La sangre comenzaba a apelmazarse entre su pelaje gris, brillando con un tono enfermizo a la luz lunar. Ella se arrodilló junto a él, y le arrancó la flecha del costado. Un pequeño chorro de sangre salió, salpicándole el chaleco de cuero. Sintió una gota caliente alcanzando su mejilla. El lobo moribundo lanzó un débil gimoteo y agitó penosamente una pata hacia ella. No supo interpretar si pedía ayuda o trataba de arañarla antes de morir en señal de venganza.
Se levantó y miró a su compañero:
-Fíjate. Está famélico. Por eso se arriesgó a perseguir a un humano, por eso tardó tanto en alcanzarle. Ésta era su última oportunidad de conseguir comida.- Agitó la cabeza tristemente.
-Ahora ha aprendido quién es el depredador y quién la presa.- Replicó, mientras desenvainaba la enorme espada bastarda que colgaba en su espalda- Y si hubieras disparado un segundo más tarde, le habrías alcanzado el corazón.
Ella resopló y lanzó un último vistazo a la bestia. Siempre la sorprendía el gran parecido con un lobo común. Sólo se diferenciaban en el tamaño, ya que éste los duplicaba fácilmente, y en la anchura de hombros de las patas delanteras. Podía ver las costillas asomando. Debía llevar sin comer una semana.
El campesino por fin se atrevió a apartar las manos del rostro y contemplar la escena. Aún respiraba aceleradamente por la adrenalina. Su compañero, Jace, se situó junto al licántropo y alzó la espada.
-Muere, bestia inmunda.
La espada descendió en un veloz arco, y cercenó de un corte limpio la cabeza, que rodó hasta los pies del granjero. Éste se arrastró, tratando de huir de ella, con el pánico aún recorriéndole el cuerpo. Pero se atrevió a abrir la boca y decir:
-Yo... yo... muchas gracias. ¿Quiénes... quiénes sois?
Jace limpió cuidadosamente la espada restregándola con la espalda del licántropo, y la envainó de nuevo. Ella aún sujetaba la enorme ballesta, que se echó al hombro, mientras Jace respondía:
-Mi nombre es Jace Snow, y ella es Rose. Somos cazadores de monstruos. Y tú nos debes la vida.

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