sábado, 17 de agosto de 2013

Muerte.

 Hoy he vuelto a ver la película "¿Conoces a Joe Black?" y me ha inspirado para escribir este texto. Llevaba unos días sin ser capaz de redactar nada, y me ha alegrado recuperar el ritmo. Espero poder mantenerlo de ahora en adelante, aunque no prometo nada.

Giró entre sus dedos la suave hoja del cuchillo. Se dejó conmover una noche más por el brillo acerado de su filo a la luz de la luna. La maravillaba la fría elegancia del metal. Tan bello, tan mortal...
Se alejó un poco más de la luz de las farolas, hundiéndose en las sombras del callejón. Acurrucada en una esquina, jugueteando con el instrumento, se mordió el labio. Hacía demasiado tiempo que no se veían, estaba nerviosa. Le había echado tanto de menos que no podía contener la emoción. Deseaba causarle una buena impresión. Se atusó el pelo, preocupada, y alisó las arrugas que se habían formado en su vestido plateado, después de tanto tiempo oculta en aquel oscuro bocacalle. Era el mismo que había llevado la última vez que se vieron, esperaba que ese detalle le gustara.
Al fin, después de horas de espera, un hombre cruzó la noche. Por fin tenía su oportunidad. Amparada en las sombras, esperó a que se alejara del círculo de luz de la última bombilla y se acercara todo lo posible. Cuando al fin el transeunte le dio la espalda, saltó de su escondite y le agarró por la espalda. Antes de que pudiera reaccionar, apoyó con delicadeza el brillo plateado contra su garganta y la acarició con ternura. El hombre se derrumbó de rodillas, tratando de sujetar las cascadas de sangre que bajaban por su pecho. Ella le tumbó con cuidado en la acera, susurrándole disculpas al oído. Le arregló el flequillo con amor y le apoyó la cabeza en su regazo. Por fin iba a verle, después de tanta espera.
El desconocido la miró con terror, trató de apartarla de sí, pero ella le sujetó. No le quedaban fuerzas, no podía huir. El cuchillo había quedado olvidado a un lado. Ya no reflejaba la luz acerosa, ahora el escarlata de su hoja absorbía su brillo. La sangre fue frenando su flujo que acababa en la falda de ella. Y por fin llegó el momento. La luna parecía brillar con más intensidad para recibirlo. El pánico desapareció de los ojos del desgraciado transeunte. Y ahí estaba. Después de tanto tiempo separados, pudo mirar a los ojos del moribundo y verle.
En ese último aliento de vida, la Muerte invadió su cuerpo para llevárselo consigo, y durante un segundo pudieron mirarse en silencio. Sin palabras, se dijeron todo lo que deseaban. En la oscuridad, se prometieron el mundo entero. Ella se inclinó y le besó con todo su amor. Pudo sentir cómo exalaba su último suspiro al separar sus labios del cadáver. Le había echado de menos, pero ahora él volvía a partir.
Le acarició el pelo con amor unos minutos más. No sabía el nombre de la persona que acunaba en su regazo, pero por unos instantes había sido el recipiente de su amado, y siempre le estaría agradecida.
El cuchillo ahora se teñía del negro absoluto de la sangre seca.

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