martes, 7 de mayo de 2013

La anilla.

Este texto está inspirado en cierta forma en una historia real, y en cierta forma en una imaginación preocupante. Lo dedico a las mujeres a las que nombra, ambas reales, ambas constructos. Porque hasta en los detalles más pequeños se puede encontrar el amor.

Giré lentamente la anilla de la lata entre mis manos sin poder apartar la vista. Una sonrisa triste asomó a mis labios, mientras mis recuerdos me fustigaban con sus látigos de remordimientos. Había salido la A. Jamás ocurría, y ahora, casi 2 años después, por fin se había dignado a aparecer. Qué crueldad por su parte.

La profesora continuaba hablando y pasando diapositivas mientras toda la clase atendía, pero yo ya no estaba allí. Yo había regresado a mi infancia, a tiempos mejores. Me veía jugando en el patio de la escuela, después de clase, con mi mejor amiga. Se llamaba Ana. Siempre esperábamos juntos una hora después de clase, haciendo cualquier tontería. Dulce inocencia de la juventud. Solíamos beber una lata de fanta para merendar, e inventamos un juego con ella. Era simple: había que girar la anilla mientras se repetían las letras del abecedario, y en el momento en que se soltara, la letra que hubieras dicho sería la inicial de tu futura pareja. Siempre hacíamos chistes de personas de clase con nombres con esa inicial. Nunca había malentendidos, porque las letras A y C estaban tan al inicio del abecedario que nunca se rompía entonces, y la anilla no aguantaba lo suficiente como para dar toda la vuelta. Desgraciado monstruo de aluminio.

Los años pasaron, y nos fuimos distanciando. Continuamos llendo a la misma clase, pero nuestros círculos de amistades se separaron, y las tardes juntos quedaron atrás. Mantuvimos relación, pero ya no era lo mismo. Sabía que ella cada día se olvidaba más de mí, pero yo jamás pude apartarla de mi pensamiento. Me conformaba con aquella cercanía engañosa, aquella complicidad puntual. Estúpido de mí.

Pero el tiempo no tiene piedad, y al final alcanzó el fatídico segundo de bachiller. El final de nuestro recorrido juntos. Ella quería estudiar periodismo en una universidad privada, yo amaba la psicología y no tenía dinero. Era mi última oportunidad, y conseguí reunir todos los restos de mi destrozado valor para aprovecharla. Iluso soñador.

Nos reunimos la tarde del último día de clase. Le había dicho que quería que nos viéramos antes del verano, para no perder el contacto. La esperé en la puerta del instituto, bebiendo una coca-cola. Ella llegó, con su melena negra agitada por el viento de poniente y una brillante sonrisa entre sus labios rojos. La miré fijamente, sin saber qué decir. No había planeado nada. Ella me miró con sus profundos ojos castaños, preocupada ante mi silencio. Nervioso, apuré el resto de la bebida para conseguir tiempo, y cuando acabé comencé a girar la anilla ya por costumbre, mientras repetía en voz baja letras del abecedario. Ella soltó una de sus dulces risas, y se sorprendió de que yo continuara haciendo aquello. La miré de nuevo, muy serio, y le contesté: "Sí, he continuado haciéndolo. Y aún no me ha salido nunca la A. Llevo desde que éramos niños deseando que aparezca. Ojalá saliera la A..."
Ella me miró mientras se enrojecían sus mejillas. Supe que había entendido lo que quería decir. Tomó aire, y respondió: "Tal vez sea lo mejor. Yo también he seguido haciéndolo, y nunca me ha salido la C..."
Yo también entendí lo que había querido decir. Le di la lata con la anilla a mitad arrancar, y me fui en silencio. No nos habíamos vuelto a ver.

La clase continuaba sin mí cuando por fin regresé a la realidad. Hacía ya casi 2 años de aquella fatídica tarde. Ella había conseguido entrar en periodismo, y yo me encontraba en ese preciso momento en clase de psicología.

Eché un vistazo a la pizarra. Se había llenado de palabras que no comprendía así que ni intenté volver a prestar atención.

Miré de nuevo aquella endiablada anilla. Llegaba 2 años tarde. Hacía tanto de aquello... parecía una eternidad.

Me planteé volver a llamarla. Probablemente ella ni recordaba aquella tarde. Pero yo no podía sacármela de la cabeza. Cómo evitó mirarme a los ojos cuando respondió a mi pregunta no formulada.

Apuré de un trago lo que me quedaba de coca-cola. Un montón de letras A giraban alrededor de mi cabeza. Amor. Anilla. Ana. Me torturaban y se mofaban de mi ignorancia.

A mi alrededor todos los alumnos comenzaron a levantarse y recoger. La clase había terminado y yo ni me había dado cuenta. Continué sentado un momento, esperando a que se deshiciera el atasco inicial de salida. La anilla seguía en mi mano, expectante.

Me levanté y me colgué la mochila al hombro, sin dejar de mirar la superficie de aluminio, que lanzaba destellos a la luz de las bombillas del aula. Continué hacia la puerta ya vacía de la clase. Crucé el umbral, sin apartar la vista de la anilla, cuando tropecé con alguien. Contrariado, miré hacia arriba y vi a una chica observándome con cara de disculpa. Su pelo negro caía en ondas brillantes a ambos lados de la cabeza. Me sentí caer en el oscuro pozo de sus hermosos ojos azabache, y por un segundo soñé con una sonrisa asomando entre sus labios rojos.
Ella me miró, y pude admirar la sonrisa deseada. Era aún más bella de lo que habría podido imaginar jamás. Sin dejar de sonreír, dijo:

-Perdona. Soy nueva en la clase, me acaban de cambiar. Me llamo Alba.

Alba. Ana. Anilla. Amor. Estúpida ironía.
La miré, le sonreí, y le contesté:

-Qué usada está la letra A.

1 comentario:

  1. Que bonito y triste a la vez... Me gustado el post, en serio. Quizá me dé por hacer lo de la anilla la próxima vez que tenga una lata entre mis manos xD
    PD: Sí, me estoy leyendo tus post desde el primero xD

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