Después de un tiempo, he regresado. Y no vengo solo. Se ciernen sobre este blog muchas novedades, para darle un poco más de vida. En primer lugar, para facilitar el seguimiento, me he unido a las redes sociales, para facilitar el seguimiento de los interesados. Y además, de ahora en adelante, colaboro con otra artista, que hará dibujos de los textos que yo escriba. Como dice el policía en la última imagen de Casablanca, "presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad". Y a partir de ahora intentaré seguir unos calendarios a la hora de publicar textos, para hacerlo más cómodo a mis lectores. Sin más dilación, aquí os dejo mi última creación, en honor al cumplimiento de los 12 años de una tragedia.
Correo electrónico: olasdetinta@gmail.com
Twitter: @Olasdetinta
La luz del amanecer atravesó la
vidriera de la modesta iglesia, descubriendo al sacerdote arrodillado
en los escalones del altar. Los primeros feligreses entraron en
silencio, repartiéndose por los bancos astillados por los años.
Continuó rezando a los pies de un Cristo crucificado, con la pintura
descascarillada por la humedad, que ocupaba toda la pared frontal.
Cuando el sol terminó de desperezarse, comenzó la misa. El
sacerdote habló de espaldas a su rebaño, la mayor parte de la
ceremonia en latín, aunque se vio obligado a cambiar al inglés en
algunos puntos, para obtener respuesta.
Terminó la liturgia, y se dirigió a
su despacho, en la parte de atrás del edificio. Tomó dos cafés
solos y fumó un cigarrillo a modo de desayuno. Colgó su raída
sotana en un perchero junto a la puerta, y se sentó tras el
escritorio. La cafetera, la mesa, y el perchero eran todo el
mobiliario, junto a un par de sillas por si recibía visita.
Un cajón chirrió al abrirse y de él
extrajo una Santa Biblia. Al abrirla, algunas hojas rotas cayeron al
suelo. Las recogió, las colocó en su lugar y comenzó a leer.
Era un hombre mayor, de pelo gris corto
y lleno de trasquilones. Su rostro estaba surcado de arrugas,
formando eternamente una expresión de disgusto. A este conjunto se
sumaba una nariz aguileña y unos labios finos y duros, rodeados por
la sombra de una barba de tres días. Sin embargo, hablaba y caminaba
con firmeza, con la espalda erguida, ignorando el peso de los años.
Era el portador de una misión divina, y no permitía que la edad
fuera un obstáculo. Cuando dieron las 8 de la mañana, devolvió el
libro a su lugar, se ajustó el alzacuellos y salió a pasear por las
concurridas calles de Nueva York.
El cielo estaba gris un día más, por
la contaminación de los ruidosos coches que tanto gustan a los
negros y los hispanos de Queens y el Bronx. Echó a caminar hacia el
centro de la ciudad, dando un rodeo para evitar el barrio judío.
Detestaba cruzar fente a los supuestos templos, llenos de avariciosos
de nariz torcida.
Hubo un tiempo en que aquel país era
una colonia inglesa de hombres valientes, con la fuerza para alzarse
en armas e independizarse. Ahora no era más que una sucia ramera
abierta de piernas para cualquiera que quisiese pasar. Negros,
hispanos, griegos, alemanes. Incluso pretendían reclamar partes de
la ciudad como suyas. China Town, Little Italy. No les bastaba con
corromper la metrópolis con su presencia, debían tomarla y volverla
suya. Traían sus religiones paganas y sus costumbres animales. Todos
se escondían bajo una bandera, se creían miembros de una misma
nación. Giró una esquina y continuó caminando hacia el centro de
Nueva York.
En el principio
de los tiempos ya hubo un líder que cometió ese error. Nimrod
reunió bajo su torre a todos los hombres, con un mismo idioma. Quiso
alcanzar el cielo, unir ambos mundos, y a todas las razas. Y Dios
bajó del cielo y destruyó la torre de Babel para sacar a los
hombres de su error. Hizo que se dispersaran de nuevo por el mundo. Y
ahora, con la llegada del segundo milenio, tropezaban de nuevo con la
misma piedra.
Nada podía
rivalizar con el poder del Señor. Pero los hombres no dejaban de
intentarlo. El sacerdote rezaba cada día para que Cristo les
mostrara su lugar en el mundo.
Había alcanzado el distrito financiero
de la ciudad, cuando algo le hizo estremecerse. Un sudor frío
resbalaba por su espalda. Temblando, miró al cielo.
Un ruido de motor comenzó a crecer,
hasta hacerse insoportable. Las nubes se abrieron, y un avión
descendió de las alturas.
Hubo un segundo de calma antes del
caos. Sólo el avión alteraba la escena, el mundo se paró por un
momento. Después, el horror.
Se estrelló contra las dos torres con
un ruido ensordecedor. La gente chillaba espantada. Huían, grababan
o simplemente observaban, maravillados por la tragedia.
El sacerdote no se movió, no gritó,
ni siquiera abrió la boca. Sólo contempló la escena, congelado.
Cuando apareció el segundo avión, comenzó a correr en silencio. A
su edad, los pulmones y las piernas le ardían a cada paso, pero no
bajó del ritmo. Las radios de los coches a su alrededor bramaban
informes sobre atentados, terrorismo y musulmanes. Pudo ver el odio
fundiéndose con el miedo en los ojos de los espectadores.
Llegó a su Iglesia y abrió el portón.
El sol atravesaba todas las vidrieras, iluminando de pleno el rostro
del Cristo colgado sobre el altar. Comenzó a recorrer el pasillo
lentamente, recitando con voz ahogada:
-Génesis 11.Y dijo Yahveh:"he
aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es
el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será
imposible.-Tragó saliva, y continuó- Bajemos, pues, y una vez allí
destruyamos su torre y confundamos su lenguaje, de modo que no
entienda cada cual el de su prójimo".
Alcanzó el altar, y subió los
peldaños de uno en uno. Lo rodeó y se situó frente al crucifijo.
-Señor, los hombres de distinta raza
nunca más podrán mirarse a los ojos sin desconfianza. Tu rebaño
jamás volverá a entenderse, el resentimiento será una eterna
espina entre ellos. Acusaciones silenciosas tras sonrisas frías. ¿Es
esta tu voluntad?
Miró el rostro de
Jesucristo, esperando una respuesta. Ante el silencio de Dios, se
abrazó a sus pies y rompió a llorar.

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