domingo, 29 de septiembre de 2013

Voluntad divina

 Después de un tiempo, he regresado. Y no vengo solo. Se ciernen sobre este blog muchas novedades, para darle un poco más de vida. En primer lugar, para facilitar el seguimiento, me he unido a las redes sociales, para facilitar el seguimiento de los interesados. Y además, de ahora en adelante, colaboro con otra artista, que hará dibujos de los textos que yo escriba. Como dice el policía en la última imagen de Casablanca, "presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad". Y a partir de ahora intentaré seguir unos calendarios a la hora de publicar textos, para hacerlo más cómodo a mis lectores. Sin más dilación, aquí os dejo mi última creación, en honor al cumplimiento de los 12 años de una tragedia.
Correo electrónico: olasdetinta@gmail.com
Twitter: @Olasdetinta

La luz del amanecer atravesó la vidriera de la modesta iglesia, descubriendo al sacerdote arrodillado en los escalones del altar. Los primeros feligreses entraron en silencio, repartiéndose por los bancos astillados por los años. Continuó rezando a los pies de un Cristo crucificado, con la pintura descascarillada por la humedad, que ocupaba toda la pared frontal. Cuando el sol terminó de desperezarse, comenzó la misa. El sacerdote habló de espaldas a su rebaño, la mayor parte de la ceremonia en latín, aunque se vio obligado a cambiar al inglés en algunos puntos, para obtener respuesta.
Terminó la liturgia, y se dirigió a su despacho, en la parte de atrás del edificio. Tomó dos cafés solos y fumó un cigarrillo a modo de desayuno. Colgó su raída sotana en un perchero junto a la puerta, y se sentó tras el escritorio. La cafetera, la mesa, y el perchero eran todo el mobiliario, junto a un par de sillas por si recibía visita.
Un cajón chirrió al abrirse y de él extrajo una Santa Biblia. Al abrirla, algunas hojas rotas cayeron al suelo. Las recogió, las colocó en su lugar y comenzó a leer.
Era un hombre mayor, de pelo gris corto y lleno de trasquilones. Su rostro estaba surcado de arrugas, formando eternamente una expresión de disgusto. A este conjunto se sumaba una nariz aguileña y unos labios finos y duros, rodeados por la sombra de una barba de tres días. Sin embargo, hablaba y caminaba con firmeza, con la espalda erguida, ignorando el peso de los años. Era el portador de una misión divina, y no permitía que la edad fuera un obstáculo. Cuando dieron las 8 de la mañana, devolvió el libro a su lugar, se ajustó el alzacuellos y salió a pasear por las concurridas calles de Nueva York.
El cielo estaba gris un día más, por la contaminación de los ruidosos coches que tanto gustan a los negros y los hispanos de Queens y el Bronx. Echó a caminar hacia el centro de la ciudad, dando un rodeo para evitar el barrio judío. Detestaba cruzar fente a los supuestos templos, llenos de avariciosos de nariz torcida.
Hubo un tiempo en que aquel país era una colonia inglesa de hombres valientes, con la fuerza para alzarse en armas e independizarse. Ahora no era más que una sucia ramera abierta de piernas para cualquiera que quisiese pasar. Negros, hispanos, griegos, alemanes. Incluso pretendían reclamar partes de la ciudad como suyas. China Town, Little Italy. No les bastaba con corromper la metrópolis con su presencia, debían tomarla y volverla suya. Traían sus religiones paganas y sus costumbres animales. Todos se escondían bajo una bandera, se creían miembros de una misma nación. Giró una esquina y continuó caminando hacia el centro de Nueva York.
En el principio de los tiempos ya hubo un líder que cometió ese error. Nimrod reunió bajo su torre a todos los hombres, con un mismo idioma. Quiso alcanzar el cielo, unir ambos mundos, y a todas las razas. Y Dios bajó del cielo y destruyó la torre de Babel para sacar a los hombres de su error. Hizo que se dispersaran de nuevo por el mundo. Y ahora, con la llegada del segundo milenio, tropezaban de nuevo con la misma piedra.
Nada podía rivalizar con el poder del Señor. Pero los hombres no dejaban de intentarlo. El sacerdote rezaba cada día para que Cristo les mostrara su lugar en el mundo.
Había alcanzado el distrito financiero de la ciudad, cuando algo le hizo estremecerse. Un sudor frío resbalaba por su espalda. Temblando, miró al cielo.
Un ruido de motor comenzó a crecer, hasta hacerse insoportable. Las nubes se abrieron, y un avión descendió de las alturas.
Hubo un segundo de calma antes del caos. Sólo el avión alteraba la escena, el mundo se paró por un momento. Después, el horror.
Se estrelló contra las dos torres con un ruido ensordecedor. La gente chillaba espantada. Huían, grababan o simplemente observaban, maravillados por la tragedia.
El sacerdote no se movió, no gritó, ni siquiera abrió la boca. Sólo contempló la escena, congelado. Cuando apareció el segundo avión, comenzó a correr en silencio. A su edad, los pulmones y las piernas le ardían a cada paso, pero no bajó del ritmo. Las radios de los coches a su alrededor bramaban informes sobre atentados, terrorismo y musulmanes. Pudo ver el odio fundiéndose con el miedo en los ojos de los espectadores.
Llegó a su Iglesia y abrió el portón. El sol atravesaba todas las vidrieras, iluminando de pleno el rostro del Cristo colgado sobre el altar. Comenzó a recorrer el pasillo lentamente, recitando con voz ahogada:
-Génesis 11.Y dijo Yahveh:"he aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible.-Tragó saliva, y continuó- Bajemos, pues, y una vez allí destruyamos su torre y confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo".
Alcanzó el altar, y subió los peldaños de uno en uno. Lo rodeó y se situó frente al crucifijo.
-Señor, los hombres de distinta raza nunca más podrán mirarse a los ojos sin desconfianza. Tu rebaño jamás volverá a entenderse, el resentimiento será una eterna espina entre ellos. Acusaciones silenciosas tras sonrisas frías. ¿Es esta tu voluntad?
Miró el rostro de Jesucristo, esperando una respuesta. Ante el silencio de Dios, se abrazó a sus pies y rompió a llorar.


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