Leí de nuevo las palabras que
brillaban en la pantalla del ordenador. Acabé el párrafo y lo
comencé otra vez. Una y otra vez. No sé cuánto tiempo pasé así.
Nunca estaba seguro.
Siempre que me invade la melancolía y
la tristeza, acabo allí. He intentado resistirme, ignorarlo, fingir
que aquel cuento nunca existió. Pero ese pequeño párrafo me llama,
me atraviesa el corazón como una espina afilada de la bella rosa que
fue nuestro amor. Y termino regresando allí, sin poder evitarlo.
¿Cómo un simple blog puede manipularme tanto? No, no nos engañemos,
no es por la entrada, no es por el blog. Es por las palabras, es
porque es ella, en su estado más puro y perfecto. Su verdad más
dolorosa.
Después de mucho esfuerzo, tiempo
atrás, reuní el valor para preguntarle por ella. Necesitaba saber
por qué existía, por qué era una verdad tan dolorosa si jamás
había sido mi intención provocarla. Desmintió todo lo escrito,
dijo que sólo eran palabras. Y aunque jamás había dudado de ella,
en ese momento sentí la mentira en sus ojos oscuros. O tal vez sólo
la vi reflejada en los míos. No lo sé. Sólo sé que siempre acabo
regresando a esa entrada.
Pero sé que merecía esas palabras.
Siempre he querido pedirle perdón, por todo el daño que sé que le
hice, por todo el daño que le hice sin saberlo, y por todo el daño,
como ser humano débil que soy, sé que aún le causaré.
Parece que mi vida sea horrible. Nada
más lejos de la realidad. Soy una persona feliz, con una vida
maravillosa. Tengo una novia que me quiere y me trata bien, y aunque
sé que para mí sólo es una Knives en el camino, la quiero, aunque
de una forma diferente. Y por suerte ella siempre quiso ser mi amiga,
y me ha cuidado, ha estado a mi lado en mis altos y me ha ayudado a
salir de mis bajos. Sólo tengo un día triste de vez en cuando, en
el que mis sentimientos me invaden y me arrollan como una avalancha,
arrastrándome hacia mi pozo de melancolía y, de nuevo, a su blog.
Entonces espero unas horas, saco papel y boli, y desahogo todo lo que
siento en lágrimas de tinta, hasta que vuelvo a quedar yo.
La dulce e inocente caperucita, siempre
recogiendo flores, llevando dulces y sonrisas al mundo, sin importar
si son lobos o abuelitas enfermas. Y yo sólo soy un lobo que la
acosa desde la arboleda, deseando ser el cazador que la rescate y la
abrace cuando al final suenen los violines y caiga el telón.
No sé lo que espero con esto. No es el
primer texto que escribo así, aunque nunca habían sido tan largos.
No sé lo que quiero. Quiero que venga conmigo, y a la vez la repudio
porque sé que no sería feliz a mi lado. La echo de menos, y a la
vez me alegra no tenerla para tratar de seguir adelante, aunque a
veces lo veo imposible. No quiero hacerte daño con estas palabras,
no soportaría hacerte derramar ni una lágrima. Nuestro cuento se
acabó, y tuvo un final feliz, porque sigues sonriéndome cada vez
que me ves. Pero estoy en mi pozo negro, y aquí, en lo profundo, te
echo de menos.
Después de leer el texto he releido aquella poesía que escribí y la he vuelto a publicar en mi blog, equivocada o no fue mi visión. La visión de un mero espectador que lo contempló todo en la primera fila del patio de butacas.
ResponderEliminarLo cierto es que mi siguiente entrada iba a ser esa poesía, pero quise darte un tiempo porque sabía que lo releerías y recapacitarías.
ResponderEliminarGracias.