Recuerdo el día en que escribí este texto. Estaba desesperado por tener una idea para un historia, y mi mente estaba en blanco. Así que escribí sobre mí mismo, intentando escribir cómo funciona mi proceso de creación. El resultado es un folio arrugado lleno de tachones, pero en formato digital esa belleza no se aprecia. Se lo dedico a Mía, porque aunque nunca he tenido el placer de conocerla, me ha enseñado mucho indirectamente.
Mi mano se deslizaba a una velocidad vertiginosa sobre la suave textura del papel, dejando una estela azul a su paso. La historia fluía entre mis dedos, que sólo podían acariciarla ligeramente antes de que escapara a mi control y continuara su camino. Las ideas se traducían en palabras, y éstas se plasmaban en la hoja sin que yo fuera consciente del proceso. Los personajes cobraban vida; se presentaban ante mí, me hablaban de sus pasiones y temores, y yo trataba de dibujarlos como criaturas de tinta.
Ya no tenía poder sobre esto. Era mero vehículo, un esclavo de la inspiración, siervo del arte. Me dejaba llevar sin pensar, y gozaba simplemente por tener el privilegio de formar parte de esta creación. Poco a poco la trama avanzaba, acercándose al clímax, y con ello mi corazón se aceleraba y mis músculos se tensaban, deseando sentir la emoción del apogeo.
Y, de repente, nada. No hubo previo aviso, ni ninguna clase de señal. Mi mano se congeló en el aire, y comenzó a agitarse nerviosa, ansiosa por continuar. Pero no era posible. Traté de acometer de nuevo contra el texto. Escribí un par de palabras dudosas, las releí y las taché furioso un segundo después. Se había ido, y sabía que no iba a volver por ahora. Tapé el bolígrafo y me recliné en la silla, frotándome los ojos.
El eco de sus susurro aún acariciaba mi oído de forma juguetona, torturándome con el recuerdo de la inspiración pero manteniendola lejos de mi alcance. Disfrutaba haciéndome sufrir con ese dolor dulce que caracteriza el abandono temporal. Una risa cristalina sonaba a mi espalda me giré y allí la vi, alejándose entre carcajadas caprichosas. Traté de llamarla para suplicarle que volviera, pero no sabía su nombre. Poco a poco se desvaneció sin remedio, arrastrando de la mano mi talento.
Su ausencia me mataba y su presencia me esclavizaba sin remedio. No podía vivr sin ella, pero con ella no tenía vida.
Así que, sin otra alternativa, cerré los ojos a esperar entre súplicas el reggreso de mi amada musa.
Estás cerca pero no lo olvides, es una extensión de ti mismo, la parte neumática de tu creación literaria es el cosquilleo que eriza el vello de tu nuca y te hace decir: esa es exactamente la palabra.
ResponderEliminarNo busques un nombre. No es como buscarle un nombre a un blog, a un hijo o a una mascota, tampoco como buscar el nombre a un personaje de un relato o novela. Busca el Ser, la esencia, el sentimiento, fúndete con él y alguna vez llegarás a saber ponerle nombre.
La mia es Mia, por muy redundante que suene, porque me sentía sólo, incomprendido, envuelto en un mundo que no me correspondía, por eso mi musa no podía ser de fuera, estar más allá de mí: por eso Mia. Su esencia es esa parte de mi que jamás pisará La Tierra. Que se mantien sumergida en la abstracción de mis fantasías no tan pueriles como pueden parecer en ojos ajenos a los mios.