Giré lentamente
la anilla de la lata entre mis manos sin poder apartar la vista. Una
sonrisa triste asomó a mis labios, mientras mis recuerdos me
fustigaban con sus látigos de remordimientos. Había salido la A.
Jamás ocurría, y ahora, casi 2 años después, por fin se había
dignado a aparecer. Qué crueldad por su parte.
La profesora
continuaba hablando y pasando diapositivas mientras toda la clase
atendía, pero yo ya no estaba allí. Yo había regresado a mi
infancia, a tiempos mejores. Me veía jugando en el patio de la
escuela, después de clase, con mi mejor amiga. Se llamaba Ana.
Siempre esperábamos juntos una hora después de clase, haciendo
cualquier tontería. Dulce inocencia de la juventud. Solíamos beber
una lata de fanta para merendar, e inventamos un juego con ella. Era
simple: había que girar la anilla mientras se repetían las letras
del abecedario, y en el momento en que se soltara, la letra que
hubieras dicho sería la inicial de tu futura pareja. Siempre
hacíamos chistes de personas de clase con nombres con esa inicial.
Nunca había malentendidos, porque las letras A y C estaban tan al
inicio del abecedario que nunca se rompía entonces, y la anilla no
aguantaba lo suficiente como para dar toda la vuelta. Desgraciado
monstruo de aluminio.
Los años pasaron,
y nos fuimos distanciando. Continuamos llendo a la misma clase, pero
nuestros círculos de amistades se separaron, y las tardes juntos
quedaron atrás. Mantuvimos relación, pero ya no era lo mismo. Sabía
que ella cada día se olvidaba más de mí, pero yo jamás pude
apartarla de mi pensamiento. Me conformaba con aquella cercanía
engañosa, aquella complicidad puntual. Estúpido de mí.
Pero el tiempo no
tiene piedad, y al final alcanzó el fatídico segundo de bachiller.
El final de nuestro recorrido juntos. Ella quería estudiar
periodismo en una universidad privada, yo amaba la psicología y no
tenía dinero. Era mi última oportunidad, y conseguí reunir todos
los restos de mi destrozado valor para aprovecharla. Iluso soñador.
Nos reunimos la
tarde del último día de clase. Le había dicho que quería que nos
viéramos antes del verano, para no perder el contacto. La esperé en
la puerta del instituto, bebiendo una coca-cola. Ella llegó, con su
melena negra agitada por el viento de poniente y una brillante
sonrisa entre sus labios rojos. La miré fijamente, sin saber qué
decir. No había planeado nada. Ella me miró con sus profundos ojos
castaños, preocupada ante mi silencio. Nervioso, apuré el resto de
la bebida para conseguir tiempo, y cuando acabé comencé a girar la
anilla ya por costumbre, mientras repetía en voz baja letras del
abecedario. Ella soltó una de sus dulces risas, y se sorprendió de
que yo continuara haciendo aquello. La miré de nuevo, muy serio, y
le contesté: "Sí, he continuado haciéndolo. Y aún no me ha
salido nunca la A. Llevo desde que éramos niños deseando que
aparezca. Ojalá saliera la A..."
Ella me miró
mientras se enrojecían sus mejillas. Supe que había entendido lo
que quería decir. Tomó aire, y respondió: "Tal vez sea lo
mejor. Yo también he seguido haciéndolo, y nunca me ha salido la
C..."
Yo también
entendí lo que había querido decir. Le di la lata con la anilla a
mitad arrancar, y me fui en silencio. No nos habíamos vuelto a ver.
La clase
continuaba sin mí cuando por fin regresé a la realidad. Hacía ya
casi 2 años de aquella fatídica tarde. Ella había conseguido
entrar en periodismo, y yo me encontraba en ese preciso momento en
clase de psicología.
Eché un vistazo a
la pizarra. Se había llenado de palabras que no comprendía así que
ni intenté volver a prestar atención.
Miré de nuevo
aquella endiablada anilla. Llegaba 2 años tarde. Hacía tanto de
aquello... parecía una eternidad.
Me planteé volver
a llamarla. Probablemente ella ni recordaba aquella tarde. Pero yo no
podía sacármela de la cabeza. Cómo evitó mirarme a los ojos
cuando respondió a mi pregunta no formulada.
Apuré de un trago
lo que me quedaba de coca-cola. Un montón de letras A giraban
alrededor de mi cabeza. Amor. Anilla. Ana. Me torturaban y se mofaban
de mi ignorancia.
A mi alrededor
todos los alumnos comenzaron a levantarse y recoger. La clase había
terminado y yo ni me había dado cuenta. Continué sentado un
momento, esperando a que se deshiciera el atasco inicial de salida.
La anilla seguía en mi mano, expectante.
Me levanté y me
colgué la mochila al hombro, sin dejar de mirar la superficie de
aluminio, que lanzaba destellos a la luz de las bombillas del aula.
Continué hacia la puerta ya vacía de la clase. Crucé el umbral,
sin apartar la vista de la anilla, cuando tropecé con alguien.
Contrariado, miré hacia arriba y vi a una chica observándome con
cara de disculpa. Su pelo negro caía en ondas brillantes a ambos
lados de la cabeza. Me sentí caer en el oscuro pozo de sus hermosos
ojos azabache, y por un segundo soñé con una sonrisa asomando entre
sus labios rojos.
Ella me miró, y
pude admirar la sonrisa deseada. Era aún más bella de lo que habría
podido imaginar jamás. Sin dejar de sonreír, dijo:
-Perdona. Soy
nueva en la clase, me acaban de cambiar. Me llamo Alba.
Alba. Ana. Anilla.
Amor. Estúpida ironía.
La miré, le
sonreí, y le contesté:
-Qué usada está
la letra A.
Que bonito y triste a la vez... Me gustado el post, en serio. Quizá me dé por hacer lo de la anilla la próxima vez que tenga una lata entre mis manos xD
ResponderEliminarPD: Sí, me estoy leyendo tus post desde el primero xD